2 Timoteo 1: 1, 2 / 2: 15, 16, 19-21 / 4: 1, 2, 6-8 “…Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, según la promesa de la vida que es en Cristo Jesús, a Timoteo, amado hijo: Gracia, misericordia y paz, de Dios Padre y de Jesucristo nuestro Señor. Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad. Mas evita profanas y vanas palabrerías, porque conducirán más y más a la impiedad. Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo. Pero en una casa grande, no solamente hay utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos son para usos honrosos, y otros para usos viles. Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra. Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque yo estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida…”
Estimados amigos, una sola vez hemos venido a este mundo, y una sola vez hemos de vivir nuestra pequeña vida aquí. Conviene que hagamos valer esa vida para algo. No hemos venido al mundo por voluntad propia y debemos reconocer que los destinos del hombre y del universo son regidos por una voluntad superior que la nuestra. Todo lo que hay en el universo de Dios tiene o debe tener su utilidad. Todo ha sido diseñado y equipado para servir algún propósito útil, y ¿Será el hombre la criatura más inútil de todas? De muchos hombres, desgraciadamente hay que decir que es así, por voluntad propia. No viven en armonía con la voluntad de Dios, y sus vidas no son útiles ni para Dios ni para los hombres. No saben por qué están aquí o cual puede ser la razón de su existencia. Viven sus vidas al azar, sin ningún propósito fijo, sin ninguna orientación espiritual, sin ningún control Divino. Esta es la gran tragedia de las vidas de la mayoría de los hombres. Son “vidas inútiles”, vidas que no han reportado ningún beneficio a nadie, y cuando terminen, no merecerán ningún recuerdo honorable.
Pero el hombre no ha sido creado meramente para existir, y el propósito de su existencia podemos buscarla en la voluntad de su Creador. El que piensa lógica y profundamente, debe llegar a la convicción de que Dios lo creó para que tuviese conocimiento de Él y pudiese de alguna manera glorificarle y servirle, y al mismo tiempo disfrutar de sus bendiciones. Porque el hombre es un ser espiritual y no puede satisfacerse con una existencia meramente física o materialista, su alma ha de sentir la necesidad de conocer a Dios y de vivir en armonía con Él.
Las filosofías humanas no le pueden satisfacer, ni tampoco los sistemas religiosos de humano origen, y todos los esfuerzos del hombre para realizar en su vida alguna misión útil, terminan en un estado de descontento y frustración, si tales esfuerzos no tuvieron su inspiración en un conocimiento y aceptación inteligente y reverente de la voluntad de Dios. El gran Salomón, reputado como el más sabio de los hombres, tuvo que decir: “…Engrandecí mis obras, edifiqué casa, planté viñas y huertos y jardines y bosques, tuve posesión de grandes haciendas, amontoné plata y oro, fui engrandecido, miré luego todas las obras de mis manos, y he aquí todo era vanidad y aflicción de espíritu…” Y hasta el día de hoy, aún los hombres más empeñosos que se dedican a las actividades industriales, comerciales, científicas, educacionales, militares, deportivas, políticas, etc., con todo y tener gran éxito y renombre, a la postre tendrán que confesar, cual Salomón, que todo era efímero y vano, de ningún provecho verdadero y permanente, al menos que la empresa fuese animada por el conocimiento de la voluntad de Dios y el deseo de promover sus intereses en el mundo.
La salvación de que habló nuestro Señor Jesucristo no era una salvación meramente teórica, en relación con la vida del más allá, sino una transformación radical de la vida presente, transformación espiritual que hace que la vida verdaderamente valga para Dios y para los hombres. Cristo nunca dijo que había venido para dar a los hombres una nueva religión, sino que dijo: “…Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia…” Él miraba la raza humana como carente de vida, vida verdadera, vida espiritual, vida divina. Ofrecía dar esta vida a cuantos creyesen en Él. La llamaba “vida eterna” no simplemente porque fuese una vida de larga duración, sino porque era vida de otra calidad, vida real, vida que es vida de veras.
Dice el apóstol Pablo en su carta a los Romanos: “…No hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios, todos se apartaron, a una fueron hechos inútiles…” El mismo apóstol, con todo y ser muy religioso y celoso de la ley, no conocía la salvación de Dios. Su vida no era útil, pero llegó el día cuando él pudo decir: “lo que para mí era ganancia, lo he reputado pérdida por amor de Cristo, y aún reputo todas las cosas pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, por amor del cual lo he perdido todo, lo tengo por basura, para ganar a Cristo y ser hallado en Él, no teniendo mi propia justicia que es por la ley, sino que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe”, y otra vez dice: “La vida que ahora vivo, la vivo por la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó así mismo por mí”.
Tan fenomenal experiencia de conversión a Cristo fue lo que revolucionó la vida de Pablo y es lo que puede revolucionar la vida de cualquiera de nosotros. Si Pablo no se hubiese convertido, nunca habríamos oído de él. Habría sido nada más que un fanático perseguidor de los cristianos, y cuan pobres habríamos sido sin los escritos de él. Pero Cristo vino a enriquecer su vida y todo cambió. Pudo decir después: “Para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia”, y al fin de su vida, llena de sacrificios y persecuciones y conflictos, podía decir: “Yo ya estoy para ser ofrecido y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe, por lo demás me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, Juez Justo, en aquel día, y no sólo a mí, sino que a todos los que aman su venida”.
Pablo estaba consciente de haber vivido una vida útil, útil para Dios y para los hombres, y la hora de su muerte fue la hora de su triunfo final, y todo lo debió al Salvador, que quiso manifestar en él su justicia y su poder. Pablo llegó a ser instrumento en manos de Dios, por la conversión y bendición de miles de almas, y por sus escritos, de millones más. Y el mismo Cristo, que operó en él tan poderosamente ¿No podrá operar en nosotros haciendo que nuestras vidas valgan para algo? Démosle la oportunidad, pero alguien dirá: Pablo era un instrumento muy escogido para llevar el mensaje del evangelio a los gentiles. No podemos esperar que Dios haga para nosotros lo que hizo para él. Muy bien, tomemos otro caso. En la ciudad de Colosas en Asia menor, vivía un hombre de cierta distinción llamado Filemón. Entre la servidumbre de su casa había un joven esclavo llamado Onésimo. El nombre de Onésimo quiere decir “útil” o “provechoso”, pero el carácter del joven no correspondía a su nombre, porque era muy inútil, y un día le robó algún dinero a su patrón y abandonó la casa. Se fue muy lejos y finalmente llegó a Roma. Parece no haberse portado mejor allí, porque pronto le encontramos en la misma prisión donde estaba Pablo el apóstol, pero Pablo, fiel embajador del evangelio, no demoró en entablar conversación con él, con el resultado que aquel joven inútil se convirtió a Cristo, obrando en él todo un cambio. Mientras tanto, Filemón, su antiguo patrón, se había convertido también, y Pablo le informa al recién convertido Onésimo, que es su deber volver al lugar donde se había fugado. Onésimo lo hace y lleva consigo una carta del apóstol en la cual dice a Filemón: “Ruégote por mi hijo Onésimo, que he engendrado en mis prisiones, el cual en otro tiempo fue inútil, pero ahora a ti y a mí nos es útil”, y le pide que reciba a aquel siervo que antes nada valía como tal, como a un hermano amado en Cristo, pues, Onésimo ya merecía su nombre, ya era un hombre útil. La carta que escribió Pablo y que llevó Onésimo consigo, está conservada para nosotros entre las Escrituras del Nuevo Testamento, como ejemplo de lo que puede hacer la gracia de Dios para cualquiera de nosotros, mediante el efecto benéfico del evangelio.
Seamos nosotros del tipo intelectual religioso y moralista como Pablo, o de la categoría más indigna como Onésimo, todos somos inútiles bajo el punto de vista de Dios, hasta el día feliz, cuando su mensaje de salvación haga su impacto en nuestra conciencia y corazón, reduciéndonos al estado de sincero arrepentimiento y conduciéndonos a la fe en Cristo, para conocer luego en nuestra vida su poder transformador, y aunque fuéramos de la clase más inútil, de la clase frívola y mundana, de los que piensan solamente en los placeres carnales, y en lo que es diversión y vanidad, el evangelio posee el poder para convertir a los tales en humildes discípulos y adoradores de Cristo, y eficaces embajadores capaces de salir como los primeros discípulos a la conquista del mundo, porque el mensaje del evangelio es el mensaje del calvario, el mensaje del amor de Dios en Cristo, amor que proveyó eterna salvación para indignos pecadores, mediante el sacrificio sublime del Cordero de Dios. Es el mensaje que puede derribar todas las barreras de incredulidad, abandonar los corazones más endurecidos, y hacer entrar cordura y seriedad en las mentes más caracterizadas por insensatez y liviandad. Es el mensaje que puede convertirte a ti, amado amigo, en útil servidor de Dios y de los hombres, que es lo que más deberías desear en esta vida, y que más benditas repercusiones tendrá por la eternidad. No hay mayor servicio que un ser mortal pueda rendir a sus semejantes, que el de comunicarles eficazmente el mensaje de salvación. No hay mayor gozo para el creyente que el de saber que ha sido usado de Dios como instrumento para dar el agua de vida a una alma sedienta, el mensaje divino que puede infundir la vida y cambiar su rumbo, su destino para la eternidad.
Esto es lo que significa ser verdaderamente útil, pero para ello, uno tiene que conocer primero, por experiencia propia, el poder de Cristo para salvar. Sólo si tú eres salvado puedes ser instrumento de salvación para otros, y si no llegas a ser salvo, piensa que haz de vivir unos pocos años en este mundo sin Dios y sin Cristo y sin esperanza, y luego partir a la eternidad sin haber cumplido ninguna misión útil para Dios, y entonces recordarás para siempre que la vida que viviste, esa única vida que tuviste la oportunidad de vivir, fue una vida inútil y vana ¿Tendrás alguna satisfacción o consuelo en ese recuerdo?
Andrés Stenhouse
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