Dice Dios: Clama a mi y yo te responderé y te mostraré cosas grandes y ocultas que tu no conoces.
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Predicaciones / ¿Puede el hombre ser salvo y saberlo?
Tito 2, 3 “...porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente. Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador, Jesucristo, quien se dio a si mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad, y purificar para si un pueblo propio, celoso de buenas obras. Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles y aborreciéndonos unos a otros, pero cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna, palabra fiel es esta, y en estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios, procuren ocuparse en buenas obras. Estas cosa son buenas y útiles a los hombres...”

Una de las cosas que podemos observar en la lectura del Nuevo Testamento es la claridad de su lenguaje cuando habla de la salvación. Debemos dar gracias a Dios que sea así y en verdad sería algo extraño si este libro de origen divino, escrito expresamente para dar a conocer la voluntad de Dios, no se expresase con claridad sobre el asunto de mayor importancia para el hombre. Aquí no encontramos las teorías nebulosas, especulaciones vanas, y otras incertidumbres que caracterizan muchos de los escritos humanos, sino una narración de hechos históricos, y una argumentación lógica y racional basada en estos hechos. Y la presentación de este testimonio se hace en forma tan sencilla que en manera alguna favorece a los sabios y entendidos, siendo éstos muchas veces los primeros en tropezar por causa de la misma sencillez del plan divino de la salvación. En cuanto al Antiguo Testamento, esta parte de la Biblia se ocupa mayormente de demostrar la extrema pecaminosidad del hombre durante 4000 años de su historia y su consiguiente necesidad de la salvación. Puesto a prueba bajo la vigencia de la Ley durante 1500 años, se había mostrado enteramente incapaz de justificarse por medio de sus propias obras.

Al abrir el Nuevo Testamento, ya en las primeras páginas tenemos noticias de la salvación tanto tiempo esperada. Un mensajero celestial anuncia al marido de la virgen, que ha de nacer el salvador, y que su nombre se llamará Jesús porque dice: “...El salvará a su pueblo de sus pecados...”. No es esto una mera insinuación, el anuncio de una remota posibilidad, sino una declaración positiva acerca de lo que había de realizarse...Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados. Seremos considerados demasiado ingenuos si insistimos en que debemos creer que el Salvador cumplió su misión, y que por lo tanto la salvación es hoy día una realidad para cuantos creen en El. Pasando adelante, encontramos que el Salvador, comenzando su ministerio público a la edad de 30 años, no demora en anunciar abiertamente, que su misión es la de salvar a los hombres. El Hijo del Hombre ha venido, dice, “...a buscar y a salvar lo que se había perdido...”. Esto decía en ocasión de su visita a la casa de Saqueo el publicano, a quien todos tenían por pecador. Y en la misma ocasión dijo: “...hoy ha venido la salvación a esta casa...”. Aquí al menos había un hombre para quien la salvación era una realidad, y lo cierto es que nada había hecho el para conocer esa salvación, sino solamente depositar su fe en Cristo. ¿Y que impide que la salvación llegue a nuestra casa de la misma manera? Es enteramente una cuestión de fiarnos de la Palabra de nuestro Señor. Si su Palabra para nosotros merece fe, podemos disfrutar de la seguridad que ella nos brinda.

Al final del Evangelio de Marcos, hallamos aquellas palabras con que Jesús despidió a sus discípulos, enviándolos por el mundo con el mensaje del Evangelio, “...id, predicad...” les dijo, “...el que creyere y fuere bautizado será salvo...” Será salvo. Estas palabras claramente anuncian la seguridad de la salvación para todo aquel que sinceramente se convierta a Cristo.

Pasando ahora al libro de los Hechos de los Apóstoles, encontramos a los discípulos del Señor cumpliendo aquel mandato y presenciando los benditos resultados. El día de Pentecostés predica el Apóstol Pedro anunciando que “...todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo...”. Y efectivamente creyeron aquel día 3000 personas y se salvaron. La fe interior en este caso está acompañada del acto exterior por medio del cual se confiesa la aceptación del Salvador. Y el mismo capítulo, comenta luego, que el Señor añadía a ellos cada día los que se iban salvando. Ciertamente para aquellos cristianos primitivos, la salvación era ya una realidad, no al final, sino desde el comienzo de su vida nueva en Cristo. Y es así que aquella iglesia primitiva y apostólica, se componía no de cristianos nominales sino de personas salvadas. Esto se evidencia más y más al leer las epístolas de los Apóstoles. Ya en la primera de ellas, la del Apóstol Pablo a los Romanos, el escritor dice, “...no me avergüenzo del evangelio porque es potencia de Dios para salvación a todo aquel que cree...” Ahora bien, si el evangelio es la potencia de Dios para salvación, lo es en el tiempo presente, cuando el evangelio es predicado, y si lo es para todo aquel que cree, lo es desde el mismo momento en que cree.

La epístola que sigue, la primera a Los Corintios, al hablar del evangelio lo llama “...la palabra de la cruz...”. Y dice que es “...locura a los que se pierden, mas a los que se salvan...” es a saber a nosotros “...es potencia de Dios...” Observemos, que este es el lenguaje de los creyentes del primer siglo, y el lenguaje que representa mejor la realidad del cristianismo. Podían decir aquellos creyentes que era salvos, puesto que “...la palabra de la cruz...” había operado en ellos poderosamente, convenciendo y convirtiéndolos, y la misma palabra predicada en nuestros oídos en este siglo 21 ¿no nos puede hacer salvos también?. Donde no existe el conocimiento y la seguridad de nuestra salvación personal, es evidente que no puede haber verdadero culto de Dios, ni servicio desinteresado. Ni aún pueden practicarse en la vida diaria aquellas virtudes cristianas que son el fruto del Espíritu Santo, puesto que el Espíritu nos es dado como sello de la conversión. El verdadero móvil de todo servicio aceptable para Dios, no es el temor, ni el interés de salvar nuestra propia alma, sino la gratitud que proviene del conocimiento de que hemos sido salvados gratuitamente por su gracia, por medio de la fe en Cristo Jesús.

En las epístolas del Nuevo Testamento, todas las exhortaciones que van dirigidas a los creyentes, se basan en el hecho de que Dios los había salvado sin que ellos lo mereciesen. En Efesios, por ejemplo, encontramos este pasaje, “...estabais muertos en vuestros delitos y pecados. Empero Dios que es rico en misericordia, por su mucho amor con que nos amó, nos dio vida juntamente con Cristo, por gracia sois salvos...” Y a estos mismos efesios el Apóstol dice mas tarde, “...sed los unos con los otros benignos, misericordiosos, perdonándoos los unos a los otros, como también Dios os perdonó en Cristo...” El conocimiento de que Dios nos perdonó y nos salvó a nosotros, es el incentivo para que seamos imitadores de El en nuestro trato para con los demás. Otros muchos pasajes de las Santas Escrituras, enseñan la misma verdad, a saber, que podemos ser salvos y saberlo a ciencia cierta en el tiempo presente. Nos limitaremos por ahora a referirnos brevemente al pasaje de Tito 2, 3.

Comienza diciendo que, “...la gracia de Dios nos trae la salvación...” y luego nos enseña a vivir templada, y justa, y piamente. El Apóstol entonces identificándose no sólo con Tito, sino con todo los creyentes, dice con admirable franqueza, “...también éramos nosotros necios en otro tiempo, mas cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, no por obras de justicia que nosotros hubiésemos hecho, mas por su misericordia, nos salvó...” Nos salvó, dice el Apóstol, en el primer siglo de nuestra era, y nos salvó, decimos también los creyentes en este siglo 21, toda vez que nuestra fe tenga la misma base, y el mismo objeto que la de él. Si descansamos en el testimonio de la palabra de Dios, y creemos sinceramente en Cristo como único Salvador, la salvación es para nosotros una posesión presente y real. Manifiestamente sería imposible tener esta seguridad de la salvación, si ella dependiera de nuestros propios méritos y esfuerzos. Quien se atrevería decir en este caso, yo la he merecido ya, o yo he trabajado lo suficiente. Pero lo que el Apóstol dice es “...no por obras de justicia que nosotros hubiésemos hecho, mas por su misericordia nos salvó...”. Y sobre esta base de la misericordia y bondad de nuestro Dios, no es ninguna presunción confesar que somos salvos. El amor de Dios proveyó una salvación gratuita para todos los hombres, por medio de la expiación hecha por Jesucristo en la cruz del calvario. Como lo expresa el Apóstol Juan en el texto que nunca nos cansamos de repetir, “...de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en El cree, no se pierda, mas tenga vida eterna...”

Así el que cree se salva. Se salvo por los méritos y por el sacrificio de aquel sustituto divino, que en la cruz satisfizo todas las demandas de la Ley, y de la justicia.

Andrés Stenhouse

 
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