Estimados amigos, al abrir las páginas del Nuevo Testamento, encontramos que uno de los primeros temas es el Reino de Dios, llamado en el evangelio según Mateo “El Reino de los Cielos”, sin embargo, tenemos que confesar que en la cristiandad en general, muy poco se entiende del asunto, y si se habla del Reino de Dios o del Reino de los Cielos, las ideas son vagas y confusas. Para algunos, el Reino de los Cielos es el Cielo mismo, el Paraíso, a donde esperan llegar después de partir de este mundo. Para otros, el Reino de Dios es un orden de cosas que esperan ver establecido en el mundo, un reino terrenal que será el resultado de la difusión de los principios cristianos en medio de las naciones, y ambos trabajan de una y otra manera para la realización de ese ideal. Ahora bien, es cierto que hay un Paraíso, una morada celestial para los espíritus de hombres redimidos, y las Santas Escrituras hablan de ese aspecto del Reino de Dios, y es cierto también que las Escrituras hablan también de un reinado de Cristo en el mundo, reinado de justicia y paz, que será inaugurado después que Él venga en Gloria y Majestad, aunque no sea como consecuencia de los débiles esfuerzos de los hombres. Pero ni lo uno ni lo otro es lo que nos ocupa por ahora, sino aquel Reino anunciado por Juan el Bautista cuando decía: “...Arrepentios, que el Reino de los Cielos se ha acercado...” y por el Señor mismo al decir: “...El Reino de los Cielos se ha acercado, arrepentios, creed el evangelio...” ¿Cuál fue ese Reino que se acercó a los hombres hace más de 2000 años? ¿Existe todavía? ¿De qué manera podemos entrar en él? Estas son preguntas que a todos nos interesan y buscamos las respuestas en las propias palabras de Cristo.
Observemos primero, que el anuncio hecho acerca de la inminencia o acercamiento del Reino de Dios, iba acompañado de la exhortación de arrepentirse. Esto de inmediato nos hace comprender que se trata de un reino espiritual, un gobierno de Cristo en el espíritu y en la vida del hombre. Más tarde, estando Jesús ante Pilato, gobernador romano, le dijo: “...Mi Reino no es de este mundo...” En otras palabras, no era un reino terrenal y visible, con pompa y gloria de éste mundo. En otra ocasión también el Señor dijo: “...El Reino de Dios en medio de vosotros está...” queriendo decir que en medio de la multitud de inconversos o incrédulos, había un núcleo de creyentes, como una pequeña colonia del Cielo aquí en la tierra, y el Reino de Dios o Reino de los Cielos nunca ha perdido ese carácter de cosa peregrina en el mundo. Dichosos aquellos que pertenecen a aquella pequeña colonia celestial.
Ahora bien, para entrar en el Reino de Dios, el arrepentimiento es la primera necesidad ¿por qué? Porque todo hombre o mujer se cree competente para gobernar y ordenar su propia vida, y cada uno, mientras no se convierta a Cristo, vive voluntariosamente, esto es, vive conforme a su propia voluntad de Dios. Pero el hombre arrepentido es el hombre que ya ve las cosas de otra manera, reconoce su propia incompetencia para gobernar su vida, reconoce sus fracasos, sus debilidades y sus pecados, y acude a Cristo en demanda de la salvación, y así entra en el Reino de Dios. Un escriba, una vez consultó al Señor sobre estas cosas y el Señor le dijo: “...No estás lejos del Reino de Dios...” ¿Qué quería decir? Bien, el hecho es que toda persona que esté sinceramente buscando la verdad, no está lejos del Reino y terminará por depositar su fe en Cristo. Donde hay un Reino, hay también un Rey, y cuando Pilatos preguntó a Jesús si acaso Él era un Rey, el Señor contestó “...Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad...” y agregó: “...Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz...” Así manifestó que Él era Rey en un sentido espiritual, ejerciendo dominio en las vidas de los hombres, mediante el testimonio de la verdad divina, y aquellos que oían su voz eran los súbditos de su reino. ¿Podemos acaso decir que somos súbditos también nosotros?
En una de sus parábolas, el Señor dijo que el Reino de Dios era como un hombre fuerte y armado que guarda su casa y sus bienes, empero sobreviniendo otro más fuerte que él, le vence y le quita sus armas tomando posesión de sus bienes. El hombre fuerte es Satanás. Su casa o su reino es el mundo, y sus bienes son los habitantes del mundo, más Cristo vino para tomar el reino de Satanás por asalto. Por su muerte en el calvario hirió mortalmente al tirano, y estableció el derecho de apropiarse de sus bienes, es decir, de las almas que pertenecían al reino de Satanás. Esto es lo que significa la palabra “redención”. El Reino de Cristo o de Dios se compone de personas redimidas, personas que han sido arrebatadas del reino de Satanás, y os rogamos amados amigos, observar que necesariamente o somos de un reino o somos del otro.
El apóstol Pablo, escribiendo a los Colosenses dice: “Dios nos ha librado de la potestad de las tinieblas y trasladado al Reino de su amado Hijo, en el cual tenemos redención por su sangre” y todos debemos saber si ha habido en nuestra experiencia, algo que corresponda a ser trasladados al Reino del amado Hijo de Dios, pues, esto es una experiencia que no puede ocurrir en el sueño o sin que tengamos conocimiento de ello.
Una vez un hombre religioso, un maestro de Israel, se dirigió a Jesús de noche para recibir enseñanza respecto del Reino, y el Salvador, conociendo la verdadera y fundamental necesidad de su alma, le recibió con estas palabras: “...De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere otra vez no puede ver el Reino de Dios...” Y si a nosotros nos interesa ver o entrar en el Reino de Dios, tenemos que encarar esta misma cuestión. Sólo podemos entrar en ese Reino naciendo de nuevo. Asombrado aquel hombre le preguntó ¿Cómo puede esto hacerse? Y Jesús procedió luego a explicarle el evangelio diciendo que de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, más tenga la vida eterna. Así daba testimonio a la verdad para que Nicodemo creyéndola, naciese de nuevo y entrase en el Reino de Dios.
Los capítulos 5 a 7 del evangelio según Mateo contienen el discurso de Cristo que comúnmente se llama el sermón del monte. Muchas personas quisieran tomar esta porción de la Palabra de Dios y emplearla como regla de vida, sin hacer caso del resto de la doctrina cristiana, pero esto no es permisible. El sermón del monte describe los rasgos característicos del Reino de Dios y de los súbditos del reino, pero estos rasgos, tan distintos de todo lo que se aprecia en el mundo, no se hallan en personas no regeneradas. No es natural para el hombre ser humilde y manso y compasivo y de limpio corazón. No es natural aceptar con alegría la persecución, la mofa y el desprecio de parte de los que son de otras creencias, al menos que uno haya experimentado el nuevo nacimiento, y posea el mismo espíritu de Cristo. Por eso dice Jesús que el que no naciere otra vez no puede ver el Reino de Dios. El nuevo nacimiento, el nacimiento del Espíritu es la única puerta de entrada al Reino. ¿Cómo, pues, se produce semejante fenómeno? El apóstol Pedro explica que somos renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la Palabra de Dios, que vive y permanece para siempre. Esta expresión “Renacidos por la Palabra de Dios” nos ayuda a comprender lo que quería decir el Señor: “...Yo para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad...”
Cristo ejerce su dominio en los corazones y en las vidas de los que son súbditos de su Reino, por medio de su Palabra, la Palabra de Evangelio, la Palabra de la verdad eterna, y es esa Palabra que operando eficazmente en la conciencia y corazón del hombre, produce el milagro divino del nuevo nacimiento. Por esa Palabra nos convencemos de nuestra maldad y consecuente necesidad de salvación, por esa Palabra somos llevados a la fe en Cristo, por esa Palabra somos nacidos de nuevo, y entramos en el Reino de Dios.
Cuan bien nos conoce nuestro Dios. Tan malos somos y tan perdidos y tan impotentes para hacer el bien, que Él nos vio internamente sin esperanza de heredar el Reino eterno, y por eso envió a su Hijo al mundo en calidad de Salvador. Cuando el Hijo de Dios se presentó en el mundo con la Palabra de verdad, entonces fue que el Reino de los Cielos se acercó a nosotros, y el Reino fue presentado en el mensaje del Evangelio, para que los hombres, creyendo, entren en él. Claro está que el Salvador debía morir por nuestras culpas, haciendo la expiación por medio del sacrificio de sí mismo. Sin eso no habría habido Evangelio que predicar. Por medio de su muerte, su sacrificio de infinito valor, quedó abierta la puerta del Reino de los Cielos, de par en par, y por medio del Evangelio se extiende la invitación de entrar en ese Reino.
¡Cuan grato es estar sometidos al gobierno benéfico del Señor Jesucristo! ¿Cuántas vidas han sido transformadas por la autoridad y potencia de su Palabra? Pero no todos pueden o quieren entrar en el Reino de Dios. El hombre avaro, amando sus riquezas, no puede entrar. El hombre vicioso que no quiere que Cristo le libre de sus malas costumbres tampoco entrará. El hombre mundano, cuya vida está vinculada a las vanidades y frivolidades y necedades del mundo de engaños, bajo la influencia de tales cosas no querrá conocer el mundo de realidades espirituales, y el hombre religioso, que no quiere abandonar sus tradiciones y errores, se hallará igualmente imposibilitado para entrar en el Reino, pues, la inscripción que aparece con letras mayúsculas sobre el portal del Reino de Dios dice inequívocamente: “...ARREPENTÍOS Y CREED EL EVANGELIO...”
Andrés Stenhouse |