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Predicaciones /¿Qué es ser Cristiano?
Estimados amigos, en este mensaje de hoy nos proponemos contestar la pregunta: ¿qué es ser Cristiano? Es una pregunta que puede sorprender a algunos, pero el hecho es que existe una gran variedad de ideas al respecto. Para algunos, parece que todo lo que no sea bestia o demonio puede considerarse Cristiano. Para ellos es simplemente humano, pero tal abuso de la palabra acusa una ignorancia muy profunda y deplorable. Debe ser reprendido y corregido donde quiera se presente. La humanidad en general, está muy lejos de ser Cristiana. Luego tenemos aquellos que se consideran Cristianos, porque pertenecen a ciertas razas de países civilizados. No son paganos o moros, dicen, pues, estos países, tienen una forma de religión y cultura llamada Cristiana, y estas gentes pertenecen a la cristiandad. Suponen porque tuvieron la suerte de nacer aquí y no allá, pero no hay que preguntarles qué es lo que creen o como viven. En tercer lugar, tenemos un concepto muy generalizado, según el cual son Cristianos todos los que han sido bautizados. De ser así, cuan fácil sería hacer Cristianos, pero a todos nos consta que hay multitudes de los que han sido sometidos en su infancia al rito bautismal, y hoy día carecen completamente de fe, de virtud y de carácter cristiano. Por millares podemos contar los borrachos, los adúlteros y los criminales, que fueron todos al comienzo de su vida rociados con agua bendita. ¿Les admitiremos por eso a la categoría de Cristianos? En ninguna manera. El ser Cristiano es mucho más que eso.

En las Santas Escrituras del Nuevo Testamento, son 3 los pasajes donde ocurre la palabra Cristianos, y los consultaremos brevemente. Primero, en el libro de Los Hechos de los Apóstoles capítulo 11, encontramos esto: que los discípulos fueron llamados Cristianos primeramente en Antioquia. Hemos de entender aquí, pues así lo revela un estudio del texto original, que los discípulos fueron llamados por ese nombre Divinamente, es decir, es una revelación de Dios. Así Dios manifestó su voluntad, de que todos los verdaderos discípulos de Cristo, fuesen llamados “Cristianos” hasta el día de hoy. Los únicos que tienen derecho a llamarse por ese nombre son los que pueden afirmar también que son discípulos también, en el verdadero sentido de la palabra.

Hemos de preguntarnos entonces, ¿qué es ser discípulo de Cristo? Aquellos discípulos de Antioquia habían creído el mensaje bendito del Evangelio, predicado por unos hombres sencillos, que huían de la persecución que se había levantado contra ellos en Jerusalén. Dice el relato bíblico que creyendo, gran número se convirtió al Señor. Sin duda alguna, fueron bautizados luego, pero lo fundamental y vital para ellos, lo que les hizo Cristianos a ellos fue la aceptación del mensaje de salvación, predicado en el nombre de Cristo. Oyeron que el Hijo de Dios, aquel Jesús, había muerto por sus pecados en la cruz, y que estaba resucitado y ensalzado a la diestra de Dios, para dar arrepentimiento y perdón de pecados, y oyendo creyeron, acudieron por la fe al Salvador y depositaron en El su confianza para eterna salvación de sus almas, y en el lenguaje de las Santas Escrituras, pasaron de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios.

Ahora bien, si esta fue la experiencia de aquellos que primeramente fueron llamados Cristianos, lo lógico y correcto sería que nosotros nos llamáramos Cristianos, sólo en el caso de haber conocido a Cristo de la misma manera, oyendo y creyendo el Evangelio, y convirtiéndonos de corazón a El. ¿Con qué derecho nos asociamos con el nombre del bendito Hijo de Dios, si no somos verdaderos discípulos de El? ¿Será acaso Cristiano, aquel que no haya hojeado siquiera las páginas del Nuevo Testamento, ni se haya interesado por saber nada de su sagrado contenido? ¿O aquel que no tenga fe en la Palabra de Dios? ¿O que no pueda decir si es salvo o perdido? ¿O que esté todavía procurando salvarse por medio de sus propias obras o méritos? No señores, el pueblo de Cristo es un pueblo creyente, un pueblo redimido y salvado, y los que lo componen son los únicos que pueden llamarse Cristinos.

En el capítulo 26 de Los Hechos encontramos otra vez el nombre. El Apóstol Pablo está delante del rey Agripa en cadenas, pero revestido de la dignidad de un verdadero siervo de Dios, y está dando testimonio del Evangelio. Agripa es conocedor de las Escrituras del Antiguo Testamento, y tiene sus creencias religiosas, como Pablo reconoce, pero no es Cristiano. Mientras el Apóstol está dicertando acerca de la pasión y resurrección de nuestro Señor, Agripa sintiendo la fuerza de la Palabra exclama: ¡Por poco me persuades a ser Cristiano! Era esto lo que el Apóstol procuraba, que Agripa y los demás se hicieran Cristianos, y por eso les predicaba el Evangelio, pues, no hay otro medio o instrumento para ser Cristiano, sino la palabra convincente y salvadora del Evangelio de Cristo. Por eso dice el Apóstol en otro lugar: “…no me envió Cristo a bautizar sino a predicar el Evangelio…” El bautismo era cosa secundaria. Lo esencial era convencer la conciencia primero y ganar el corazón para Cristo, porque sin fe, ningún rito, ni ninguna obra puede valer ante Dios.

El tercer pasaje, relativo al nombre de Cristiano, se encuentra en la primera Epístola del Apóstol Pedro, donde se dice: “…si sois vituperados en el nombre de Cristo, sois bienaventurados. Si alguno padece como Cristiano, no se avergüence, antes glorifique a Dios en éste nombre…” Como se ve, el nombre de Cristiano se relaciona con el vituperio y el sufrimiento, hasta el día de hoy. El Cristianismo no es cosa popular. El que se convierte verdaderamente a Cristo, acepatndo todas las implicaciones y consecuencias, encuentra hoy como siempre, que el mundo no le comprende y que está dispuesto a ridiculizar el testimonio de su fe y salvación y aún a perseguirle. Si nuestro Cristianismo no nos trae nada de desprecio y reproche, nada de conflictos y pruebas por amor de Cristo, podemos estar seguros que no es el Cristianismo de la Biblia, y que no merecemos el nombre de Cristianos.

Tenemos, pues, éstos 3 conceptos principales: el Cristiano, en primer lugar, es uno que ha sido convencido y convertido, oyendo y creyendo el mensaje de salvación, y depositando su fe en el sacrificio del calvario, segundo, es un discípulo de Jesucristo, uno que le tiene por Salvador y Maestro, confiando en El, aprendiendo de El y siguiéndole, y tercero, es uno que para identificarse con su Señor y obedecer su Santa Palabra, renuncia a la impiedad y vanidad del mundo, haciendo objeto de escarnio de parte de los hijos de perdición.

Ser Cristiano es todo lo contrario de ser mundano. Mundano significa perteneciente al mundo. Cristiano significa perteneciente a Cristo, y Cristo dice de los suyos: “…ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo…” Ahora bien, a la luz de estos conceptos Bíblicos, permitidnos preguntaros, amados amigos, si acaso sois Cristianos. Si realmente sois del pueblo de Cristo, lo que determina si somos Cristianos de veras, es nuestra relación personal con Cristo, si existe entre nosotros y El un lazo de fe verdadera y viva, fe engendrada por su Divina Palabra, fe para la salvación eterna de nuestras almas, como también para la dirección de nuestras vidas. Podemos tener la absoluta seguridad de pertenecer a El, ahora y para siempre, y nos gloriamos de llevar no un nombre sectario de humana invención, sino un nombre precioso y digno de Cristianos.

Puede uno tener religión, sin ser Cristiano. Puede uno ser miembro de una Iglesia sin ser Cristiano. Puede uno ser fanático sin ser Cristiano. Puede uno llevar una vida moral sin ser Cristiano. Puede uno también tener mucho conocimiento de la Biblia sin ser Cristiano. Pero no puede uno tener un contacto vital con Cristo, rindiéndole su corazón y su voluntad en obediencia al Evangelio, sin llegar a ser leales Cristianos de veras. Es entonces que el mundo y el pecado pierden todo su atractivo. Es entonces que se abre ante la vista la visión del Reino de Dios, y se comienza a vivir la vida que es verdadera. El rey Agripa no se hizo Cristiano. Llegó al punto de confesar en público que casi estaba persuadido, y de allí volvió atrás, volvió a su vida de deleites y pasiones carnales, volvió a sus pecados y vanidades, dio espaldas a la verdad cuando recién empezaba a sentir su efecto en su alma y desde la frontera del Reino de Dios volvió al mundo de corrupciones y engaños. Escogió la gloria perecedera del reino terrenal y perdió la esperanza de heredar aquel Reino donde la gloria es eterna, pero mientras estaba debatiendo en su alma lo que debía hacer, en esa hora crítica de su vida, el fiel Apóstol, en amor a su alma exclamaba: “…¡Quisiera Dios que por poco o por mucho, no solamente tú, sino también todos los que hoy me oyen, fueseis hechos tales cual yo soy, excepto estas cadenas!…”
Pablo conocía la dicha de ser Cristiano verdadero, y no podía menos desear la misma bienaventuranza para todos sus semejantes. ¡Qué importaba aquella cadena que llevaba! Su espíritu estaba libre. Disfrutaba de las mejores bendiciones de Dios, mientras aquellos a quienes se dirigía, pese a toda la pompa y grandeza humana, los veía presos del error, del egoísmo y del vicio, y el deseo que él expresó aquel día, es nuestro deseo para vosotros amados amigos. Quisiera Dios que fueseis hechos hoy mismo Cristianos, en el sentido verdadero de la palabra, acudiendo al Salvador y depositando vuestra fe en su Santa Palabra.
Andrés Stenhouse

Andrés Stenhouse

 
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