Dice Dios: Clama a mi y yo te responderé y te mostraré cosas grandes y ocultas que tu no conoces.
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Predicaciones /¿Qué es el Cristianismo?
1 Pedro 1: 3-5, 17-19, 22-25 “…Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su gran misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados con el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero. Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducios en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosa corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación. Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro; siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre. Porque: Toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae; mas la palabra del Señor permanece para siempre…”

Estimados amigos, es muy común oir decir que hay diferentes tipos de “cristianismo”, y se habla de distintas Iglesias, con diferentes creencias y prácticas, pero todas llamándose Cristianas, y frecuentemente nos preguntan ¿y ustedes qué son? ¿cómo se llaman y qué es lo que creen? Invariablemente contestamos que somos Cristianos, que nos llamamos Cristianos y nada más, y que creemos todo lo que está revelado por Dios en las Santas Escrituras. Tenemos este concepto, que el Cristianismo es una revelación Divina, y como tal, no es susceptible de modificaciones o desarrollo conforme a los pensamientos del hombre. No es un producto de concilios teológicos, sino que es la verdad Divina, comunicada a los hombres, primero por el Salvador mismo y luego por sus Apóstoles, bajo la dirección del Espíritu Santo.

Esta enseñanza Divina, consignada para nosotros en las páginas del Nuevo Testamento, merece absoluta confianza de nuestra parte, y es la única que puede proporcionarnos la seguridad que nuestras almas necesitan. Fue entregada la doctrina cristiana en forma completa y perfecta, y el que piense agregarle algo o quitarle algo, comete un acto sacrílego. Dice el Apóstol Judas, que la fe fue una vez entregada a los santos, y que debemos contender eficazmente por ella. Esto quiere decir que debemos contender por aquella fe que fue entregada una vez por todas en tiempos apostólicos, rechazando enérgicamente todos los aditamentos y modificaciones de tiempos posteriores. La fe de aquella Iglesia primitiva la podemos conocer en toda su pureza y eficacia, acudiendo a las Santas Escrituras. De allí mana la corriente de la doctrina prístina y verdadera, sin corrupción ni adulteración de las especulaciones humanas. Esto y sólo esto es lo que propiamente puede llamarse “Cristianismo”.

En los santos Evangelios, en el libro de los Hechos de los Apóstoles y el las Epístolas, hallamos la doctrina sublime de Cristo y la historia verídica de los tiempos Apostólicos. ¿Cómo no hemos de saber qué es el Cristianismo? Para el lector humilde y sincero no hay ninguna dificultad. Cuando Cristo hablaba, hablaba para la multitud, hablaba para gente sencilla, como nosotros, y escrito está que los que eran del común del pueblo, le oían de buena gana, y los mismos discursos están estampados para nosotros en las páginas del Nuevo Testamento.

Las Epístolas también, con su rica enseñanza, fueron dirigidas a gente sencilla, por lo general a las Iglesias primitivas, compuestas por personas que no tenían ninguna preparación teológica, y esa gente recibió gran provecho y edificación, oyendo su lectura. ¿Por qué no hemos de leerlas y entenderlas también? Los que lo han hecho con el deseo sincero de conocer la voluntad de Dios y ponerla por obra, no han quedado defraudados, sino que han hallado el verdadero pan de Dios para sus almas hambrientas.

¿Qué es lo que encontrarás tu amado amigo si comienzas hoy a leer y estudiar las Santas Escrituras con toda seriedad? En primer lugar quedarás sorprendido de no encontrar ningún apoyo para muchas creencias y prácticas que han llegado a ser muy aceptadas en la llamada cristiandad, y este hecho te creará un problema de no poca magnitud. Probablemente llegarás a la conclusión que tales cosas no pertenecieron al cristianismo original y verdadero. Por otra parte encontrarás la verdadera hermosura y poder del Evangelio, y te sentirás bien compensado. Descubrirás un mundo nuevo que es el verdadero “Reino de Dios” y que creyendo en el Evangelio entrarás en ese Reino.

No podemos dejar de instarte a que esto hagas, y para animarte a hacerlo, señalaremos algunos de los principales rasgos característicos del mensaje Divino. Ante todo hallarás que Cristo mismo es el gran tema del Libro. El es el centro y la circunferencia del Cristianismo, y el objeto de Dios en el Evangelio es de llevarte a depositar tu fe en El, el Hijo de Dios, para así hallar la salvación y la felicidad.. Los hombres que escriben sobre lo que llaman la religión cristiana, dan a entender frecuentemente, que el principal deber del hombre es el de reunir méritos para ganar el cielo y la vida eterna, pero nada de esto hallarás en el Libro Divino. Ni Cristo, ni sus Apóstoles enseñaron jamás, que el hombre ha de ser su propio salvador, o que sea capaz de ganar el cielo por medio de méritos personales.

Lo que el Evangelio enseña con toda claridad, es que el hombre, por sus obras personales sólo puede merecer y merece eterna condenación, y si quiere salvarse, puede hacerlo únicamente abandonando toda confianza en sus propios esfuerzos y confiando de todo corazón en la obra perfecta y gloriosa de Cristo, la obra redentora consumada en la cruz del calvario. Esta es la enseñanza básica del Cristianismo, y la hallarás en forma extensa a través del Nuevo Testamento.

Otra cosa que encontrarás en tu lectura es una insistencia constante en la necesidad de la “conversión” o “nuevo nacimiento”. Enseña el Señor que para entrar en el Reino de Dios, es necesario entrar por la puerta estrecha. Es necesario nacer otra vez. Es necesario volver a ser como niños. Esta enseñanza con respecto a la conversión o regeneración espiritual, también es fundamental. Sin ella no se es Cristiano, no se es hijo de Dios ni heredero del Reino de Dios.

Todas las Epístolas de los Apóstoles van dirigidas a personas convertidas y regeneradas. Personas que poseían la nueva vida en Cristo y en quienes moraba el Espíritu Santo. A tales personas, los Apóstoles no les exhortaban a esforzarse para tener la salvación de sus almas, sino que las trataban como a personas ya salvadas y redimidas por la gracia de Dios en Cristo. Los llaman Santos y elegidos de Dios, y declaran que ya han sido justificados y santificados y bendecidos con toda bendición espiritual en lugares celestiales.

Ciertamente hay mucha diferencia entre este concepto Bíblico del Cristianismo y lo que los hombres llaman la religión cristiana. El Cristianismo no es una mera teoría o creencia, ni menos un sistema ritual o sacerdotal. Es esencialmente una nueva vida impartida al hombre creyente, la vida que Cristo llama “Vida Eterna”, vida de otro orden, vida espiritual e indestructible, vida Divina. Oigamos al Señor decir: “…De cierto de cierto os digo, el que oye mi Palabra y cree al que me ha enviado tiene vida eterna, y no vendrá a condenación, mas pasó de muerte a vida…” No es el cristiano, pues, una persona que esté buscando la salvación por medio de prácticas religiosas, sino la persona que ha tenido un contacto vital con Cristo el Señor, por medio de la fe, y ha encontrado su todo en El: Salvación y vida eterna, paz, satisfacción y eterna seguridad.

Esto es Cristianismo. ¿Lo conoces tu? Millones de seres hay que nada saben de esta bendita realidad, y sin embargo, se atreven a llamarse cristianos. Miserablemente se engañan y a la postre oirán al Señor decir: “…no os conozco de donde sois, apartaos de mi hacedores de maldad…” De los cristianos verdaderos, la Santa Escritura habla en los siguientes términos: dice que porque recibieron a Cristo por la fe, El les dio potestad de ser hechos “hijos de Dios”. Dice que son engendrados no de sangre ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, más de Dios. Dice que son hachos nuevas criaturas en Cristo, que las cosa viejas pasaron, y que todas son hechas nuevas. Dice que habiendo sido antes injustos e inmorales, ellos han sido lavados, santificados y justificados en el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu de nuestro Dios. Dice que son redimidos por la sangre preciosa de Cristo, y regenerados por la Palabra incorruptible de Dios. Dice además que han sido sellados por el Espíritu Santo al convertirse y que el Espíritu mora en ellos, como en su templo, y tal es la santidad que les ha sido conferida, que Jesús dice: “…no son del mundo como yo no soy del mundo…”

El Apóstol Pablo los describe como pueblo celestial vinculado con Cristo en la gloria, ellos son miembros de Su cuerpo, y El es su cabeza. Dice también que ya han sido trasladados al Reino del amado Hijo de Dios y están sujetos a Su autoridad, todos ellos son sacerdotes y Cristo mismo es su Pontífice. Tienen libertad para entrar en el santuario celestial para presentar sus peticiones y acciones de gracias ante el trono de Dios. En el mundo viven como peregrinos, porque su ciudadanía está en los cielos de donde también esperan la venida del Salvador, conforme a Su promesa.

Esto en breve es lo que tu amado amigo encontrarás en las páginas del Nuevo Testamento. Esto en breve es el concepto Bíblico y verdadero del Cristianismo, y todo lo que no es esto no es Cristianismo. Todo lo que hemos expuesto puede ser una bendita y gloriosa realidad para ti, desde el momento que te conozcas como indigno pecador y acudas por la fe a Cristo para hallar en El la salvación.

Andres Stenhouse
 
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