Estimados amigos, en las Santas Escrituras del Antiguo Testamento, hay muchas profecías de acontecimientos futuros, y muchas de ellas tienen su cumplimiento en la persona y obra del Señor Jesucristo, su nacimiento de una persona virgen, su manera de vivir, el propósito de su misión entre los hombres, y muy especialmente la manera y propósito de su muerte. Todo fue anunciado puntualmente con muchos siglos de anticipación, ni hay explicación humana de este fenómeno. De nadie más puede decirse que la historia de su vida y muerte haya sido escrita de antemano, y si Dios hizo revelar anticipadamente los hechos sobresalientes de la vida y obra de Cristo, es porque estos hechos son de especial importancia para la humanidad, y dicho sea de paso, que estos anuncios proféticos en la Biblia, constituyen una evidencia incontrovertible de la inspiración divina de este maravilloso libro.
Ahora bien, en esta oportunidad deseamos llamar vuestra atención a una de las profecías más notables, aquella del capítulo 9 del libro de Daniel, que se describe comúnmente entre estudiantes de la Biblia, como la Profecía de las 70 semanas. Su peculiaridad es que señala con precisión la fecha en que habría de manifestarse el Mesías en medio del pueblo de Israel, y asimismo la fecha en que había de consumar la obra redentora muriendo en la cruz. La profecía fue dada a Daniel alrededor de 500 años antes de los acontecimientos a que se refiere, y todo lo que se dice es de inmenso interés e importancia para nosotros.
Daniel se hallaba entre los cautivos de Babilonia, y estudiando los escritos del profeta Jeremías, y posiblemente de Isaías también, él hizo el descubrimiento que el período de la cautividad debía durar tan sólo por 70 años. Cumplido ese plazo, el Rey Ciro de Persia tenía que decretar la libertad de los cautivos y ordenar su regreso a Jerusalén para reedificar la ciudad desolada. Sabía Daniel que la fecha de este feliz acontecimiento estaba cerca y buscó el rostro de Jehová su Dios con oración y ayuno. Entonces agradó a Dios dar a su siervo nuevas revelaciones diciendo: “...Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos...” Aquí interrumpimos la lectura para concentrarnos en el significado de estas breves frases. Anuncia la profecía primero un plazo de 70 semanas para que queden realizados los grandes hechos de la Redención. No se habla aquí de semanas en la común acepción de la palabra en tiempos modernos, sino de semanas de años. El calendario Judío en los tiempos antiguos contemplaba semanas de días que terminaban en un día sabático, y semanas de años que terminaban en un año sabático, como se puede ver en el libro de Levítico capítulo 25.
Ahora bien, desde la salida de la proclamación del Rey Ciro de Persia, ordenando que los judíos volviesen a su tierra y reedificasen su ciudad, habían de contar 70 semanas de años, o sea 490 años, y la promesa divina era que en ese plazo de tiempo, los grandes hechos de la Redención se verían cumplidos por el Mesías. ¿Se cumplió la Profecía? Por cierto que sí, al pie de la letra. Pero vamos por partes. Después del anuncio general acerca de la expiación del pecado, la trasgresión e iniquidad, y de todo lo que constituía la obra propia del Salvador, la profecía vuelve al punto de partida para señalar con precisión la fecha en que el Mesías tenía que presentarse. Sesenta y nueve semanas, esto es 483 años, el pueblo debía esperar, pero ni un año más. Las palabras “hasta el Mesías príncipe” se refieren al Señor Jesucristo y a nadie más. El título de Mesías significa “El ungido”, y cuando Jesús se presentó a la edad de 30 años para ser bautizado en el rio Jordán, fue entonces que Dios le ungió con Espíritu Santo y potencia, como afirma el apóstol Pedro en el libro de los Hechos.
Si queremos saber cual fue esa fecha, la encontramos señalada con toda precisión en el Evangelio según San Lucas, capítulo 3, en estas palabras: “...En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia, y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto...” Y aconteció que como todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fue bautizado, y descendió el Espíritu Santo sobre Él en forma corporal como paloma.
Así fue presentado el Mesías, el Ungido, el Cristo, en medio del pueblo de Israel, en el año 15 de Tiberio César, conforme a la profecía que decía: 69 semanas, esto es 483 años, hasta el Mesías príncipe, en este año comenzó su ministerio público, y dentro de 3 años y medio fue crucificado. ¿Dice la profecía algo acerca de la fecha de la crucifixión? También lo dice. Si las 69 semanas de años nos traen hasta el bautismo de Jesús, quiere decir que todas las cosas gloriosas que Él debía realizar, tenían que realizarse dentro de los próximos 7 años, o sea, en la semana restante de la profecía, y todas estas cosa las hizo. Hizo la expiación del pecado, de la trasgresión, de la iniquidad, y proveyó la justicia para quienes no la tenían. Confirmó o ratificó el nuevo pacto, mediante el derramamiento de su sangre, cosa que tenía que hacer según la profecía, a la mitad de la semana, esto es, 3 años y medio después de comenzar su ministerio.
Dice la profecía además, que haría cesar el sacrificio y la ofrenda, lo cual significa que por el sacrificio de si mismo, dejaría sin valor o validez todos los sacrificios y ofrendas que se hacían según el pacto antiguo. El sacrificio de Cristo es de infinito y eterno valor, y el pecador que en Él confía no necesita más, cuando en la cruz el Salvador clamó: “...Consumado es...” Quizo decir que todo lo necesario para nuestra redención o salvación lo hizo Él, por sí mismo, en su sacrificio sublime. Como dice en la epístola a los Hebreos: “...Habiendo hecho la purificación de nuestros pecados por sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas...”
Todo esto constituye el mensaje de las buenas nuevas, o sea, el Evangelio de nuestra salvación, pero la profecía de Daniel capítulo 9 tiene también su parte triste. El Mesías tenía que ser muerto, pero como consecuencia de ello, la nación que le rechazó, debió cosechar lo que había sembrado. Vendría el príncipe romano Tito con sus ejércitos y destruiría la ciudad y el templo. El pueblo quedaría esparcido por el mundo, todo lo cual se cumplió en el año 70 de la era cristiana. Interesante es la historia, pero dos veces más interesante cuando sabemos que ésta historia fue escrita medio milenio antes de los acontecimientos.
Ahora bien, en vista de todo lo expuesto, queremos dirigir algunas palabras al hombre que se complace en llamarse incrédulo. A ti amigo con todo respeto queremos preguntarte ¿Cómo explicas tú el hecho de la profecía bíblica? En el caso que hemos considerado, tenemos primero el hecho que Jeremías profetizó que los cautivos de Israel estarían en Babilonia hasta que se cumpliese el plazo de 70 años. Isaías anunció que el rey Ciro de Persia sería quien decretase su libertad y su regreso a Palestina, y esto 150 años antes de que el rey Ciro naciese. Luego Daniel anuncia que desde el decreto de Ciro serían 483 años hasta el Mesías, o sea hasta el bautismo de Cristo, y que 3 años y medio más tarde el Salvador moriría para la expiación de nuestros pecados. Tú no puedes negar los hechos históricos, pero ¿Cómo explicas el anuncio profético de estos hechos, anuncio hecho con tanta anticipación y con tanta particularidad? Verdaderamente se necesita mucha credulidad para ser incrédulos.
Quiera Dios que nuestros oyentes tengan un concepto adecuado de lo sublime y gloriosa que es la obra redentora de Cristo. Tan sublime y tan gloriosa es que necesariamente había de ser el tema principal de las profecías bíblicas en el Antiguo Testamento y de la doctrina cristiana en el Nuevo Testamento. De aquella obra redentora dependen exclusivamente todas nuestras esperanzas de eterna salvación. No nos toca a nosotros esperar que se cumplan 490 años antes de ver la realización del plan divino para expiar el pecado y traer la justicia de los siglos. El Salvador ha venido, y su obra gloriosa ha quedado plenamente consumada, pero ¿Qué haz aprovechado tú? ¿Tienes redención por su sangre? ¿ Haz depositado tu fe en el Mesías y en la promesa del Evangelio? La promesa del Evangelio reza así: “...Que si confesares con tu boca al Señor Jesús y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo...” En otras palabras, si crees que el sacrificio sublime del Señor Jesucristo responde ante Dios por tus pecados, y confiesas delante de los hombres que Él es tu Señor, Dios declara que serás salvo ¿Puedes tú recibir este testimonio divino? ¿Puedes confiar en la Palabra de Dios?
Andrés Stenhouse
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