Estimados amigos, llama mucho la atención aquella frase del ángel del Señor, cuando se presentó en la cárcel para poner en libertad a los apóstoles Pedro y Juan. “...Id...”, les dijo, “...y estando en el templo, hablad al pueblo todas las palabras de esta vida...”. Así se describe el mensaje característico del Cristianismo. Sus palabras son palabras de vida, y esto significa mucho más que una mera doctrina religiosa. Cuando los jefes religiosos del pueblo de Israel se opusieron a los apóstoles, porque predicaban a Cristo y la resurrección, creían, sin duda, que estaban haciendo a Dios servicio. Creían que estaban defendiendo la religión verdadera, pero cuando encarcelaron a los siervos de Dios, Dios tuvo la oportunidad de demostrar que El se identificaba con los presos y no con sus perseguidores. Envió Su ángel para librarlos, y los mandó ir a predicar en el recinto del templo, donde el pueblo solía reunirse. ¿Qué interés tenía Dios en que hablasen ellos al pueblo? ¿Qué tenían ellos que ofrecer que el pueblo no tuviese ya? El pueblo tenía religión, tenía la ley de Dios, tenía su templo, sus sacerdotes, sus ritos y sus ceremonias y mucho más. Pero Dios envía al ángel para librar a los apóstoles de la cárcel, con el objeto de que puedan hablar al pueblo “...todas las palabras de esta vida...”, y Dios todavía tiene interés en que conozcamos y poseamos aquella vida eterna, que Cristo nos ha comprado con la sangre de su cruz. No ha venido El del cielo para darnos una nueva religión meramente. No ha muerto en la cruz para darnos un buen ejemplo o una vaga esperanza de salvación. El ha venido para que tengamos ahora mismo el don de Dios que es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.
Y tú, amado amigo, ¿haz recibido esta vida? Cuando Jesús hablaba con la mujer samaritana, ésta reveló que con todo y ser pecadora notoria, no dejaba de tener sus creencias y prácticas religiosas. Su religión, sin embargo, no influía en lo más mínimo en su conducta o el gobierno de su vida. La religión para ella era una cosa aparte, como lo es para millones en el día de hoy.
El cristianismo, empero, no puede ser nunca una cosa aparte, un mero sistema de creencias, ceremonias y costumbres, divorciado de la vida misma de la persona, y el Señor, comprendiendo la profunda necesidad de aquella mujer le dijo: “...Si conocieseis el don de Dios y quien es el que te dice dame de beber, tu pedirías a El y El te daría agua viva...”, y comprendiendo nosotros, de la misma manera que hay millones de seres en la misma situación, poseyendo religión y careciendo de salvación, nos sentimos constreñidos a exclamar “Si conocieseis, si tan sólo conocieseis el don de Dios”.
Es un hecho notable que en las Santas Escrituras el Cristianismo no está descrito nunca como una religión. Religiones hay en el mundo, muchas, pero el Cristianismo no es una de ellas, ni se puede comparar con ellas, pues, el Cristianismo que es don de Dios, es vida, vida divina, vida eterna. Hemos visto a orillas del mar rojo, al mahometano entregado a sus actos devocionales matutinos y vespertinos. Con cara al oriente rezaba primero en pie, luego hincado y después postrado en el suelo, y al contemplarle, el lenguaje de nuestro corazón era “si conocieseis, si tan sólo conocieseis el don de Dios”. No se puede dudar de la sinceridad de esa gente en cuanto a sus creencias y prácticas religiosas, pero si preguntamos en cuanto a la integridad de su carácter, su honestidad, su veracidad o cualquier otro aspecto de su vida moral, tenemos que confesar que la religión ha hecho poca o ninguna impresión, y el árbol ha de ser juzgado por sus frutos. También hemos visto en la India a los budistas e hindúes con sus lujosos templos, sus imágenes grandes y pequeñas, procesiones, sus lugares santos, ritos y sacrificios. En la calle hemos visto hombres santos (así llamados) dedicados a la tarea piadosa de mendigar, los hemos visto en todas las posturas, castigando duramente el cuerpo, atrofiados ya algunos de sus miembros, por habérselos mantenido duramente mucho tiempo en una posición fija. Esto sí es religión, pero no es vida, pues, tales no conocen el don de Dios que es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.
Pero también hemos presenciado cosas parecidas en lugares mucho más cercanos, pues, entre los centenares de millones de los que profesan ser Cristianos, cuantos hay que no tienen otro concepto de la religión que el que tiene el mahometano, el budista, el hindú u otro religioso cualquiera. Tienen sus rezos mecánicos, sus ayunos, sus penitencias, sus ritos, su observancia de fechas y estaciones, tienen sus lugares sagrados y sus templos, donde a veces hacen acto de presencia en ceremonias y ritos, sin preguntarse nunca si en verdad estas cosas guardan relación con la enseñanza de Cristo o la vida cristiana. Aquello es su religión, pero en manera alguna puede decirse que es la vida de ellos. No afecta a su moral, no influye en su conducta cotidiana, no determina el rumbo de su vida. Es una cosa aparte.
Con los tales hemos conversado a menudo, sabemos lo que piensan. Si bien tienen su religión, no quieren que los consideremos muy creyentes. Más, se avergonzarían de una reputación piadosa, que de una adquirida por profanidad. Son del mundo y aman al mundo, sus placeres, vicios y diversiones. No hay que tomar la religión tan en serio, nos han dicho, lo cual significa que no hay que creer nada de lo que Cristo ha dicho, si bien, hay que retener siempre, por razones de decencia, la profesión de ser cristiano. La religión de tales es vana, pero aún cuando hayan personas con mucha sinceridad y celo en el cumplimiento de los deberes religiosos, no se puede decir que sea esto la evidencia de haber conocido a Dios y poseer la vida eterna. Ya lo hemos dicho, el Cristianismo no es religión simplemente, el Cristianismo es vida.
Cuando Cristo vino al mundo encontró mucha religión. Vino en medio del pueblo más religioso del mundo, tan religioso que sus prejuicios y fanatismo no les dejaba ver la gloria de Su persona y de Su mensaje. “...Yo he venido...”, decía El, “...para que tengan vida y que la tengan en abundancia...”. Pero a ellos mismos tuvo que decir: “...no queréis venir a mi, para que tengáis vida...”. Tenían su religión y no estaban concientes de una necesidad mayor. El Cristianismo rebajado al nivel de una mera religión, es cosa muy pobre, es cosa tan carente de poder, como otra religión cualquiera. Pero el Cristianismo puro y verdadero es un poder divino operando en el hombre para producir una transformación completa. Según el apóstol Pablo, es la vida misma de Cristo operando en nosotros, pues, dice: ...con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mi, y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó asimismo por mi...”. Esto sí es Cristianismo, una experiencia gloriosa de continua e íntima comunión con el Hijo de Dios, conocido como aquel que nos amó y se entregó por nosotros. Y así dijo Jesús mismo: “...ésta empero es la vida eterna, que te conozcan a ti, el sólo Dios verdadero y a Jesucristo al cual haz enviado...”. ¿Conocemos, pues, a Dios y al Hijo de Dios de esta manera? ¿Poseemos la vida verdadera y abundante que él ofrece a cuantos crean verdaderamente Su evangelio?
La cristiandad ha hecho muy mal y se ha degenerado siempre cuando ha imitado las prácticas de los distintos sistemas de religión en el mundo. Todos ellos son de la tierra y representan tantos esfuerzos del hombre para abrazar o propiciar a Dios, pero el Cristianismo es de arriba, una revelación divina que trae al hombre todo lo que necesita espiritualmente y que nunca ha podido producir por sus propios esfuerzos. En la persona de Cristo, Dios mismo se ha acercado a nosotros y el Salvador ha aceptado la muerte, que es la paga del pecado, para proporcionarnos la vida, la vida eterna cual don gratuito suyo.
Así, en la doctrina enseñada por los apóstoles, se expresa el concepto, que por naturaleza y por práctica, estamos todos espiritualmente muertos, y sólo podemos ser vivificados por la Palabra de Dios, la palabra verdadera del Evangelio. Así declara el apóstol Pablo en su epístola a los Efesios, que aún estando nosotros muertos en pecados, Dios nos dio vida juntamente con Cristo, y Jesús mismo en el Evangelio decía: “...de cierto, de cierto os digo, el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna, y no vendrá a condenación, más ha pasado de muerte a vida...”.
Con razón entonces el ángel dijo aquel día a los apóstoles en la cárcel: “...id y hablad al pueblo todas las palabras de esta vida...”. Todas las religiones carecen de vida. Todas ellas se presentan al hombre con sus demandas y exigencias. Piden y vuelven a pedir lo que el hombre nunca puede dar en medida suficiente. Pero Dios en el Evangelio se acerca al hombre para darle lo que necesita, y lo que necesita es vida, como está escrito: “...de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en El cree, no se pierda, más tenga vida eterna...”, y otra vez: “...el que cree en el Hijo tiene vida eterna, más el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él...”.
Si la vida eterna es el don de Dios para todo aquel que cree en el Hijo de Dios, lo es en el tiempo presente. Es aquí y ahora cuando hemos de creer en el Evangelio, y es aquí y ahora que hemos de recibir el don de Dios. ¿Lo has recibido tú, amado amigo? Algo menos que la posesión presente de la vida eterna no es Cristianismo.
Andrés Stenhouse
|