Dice Dios: Clama a mi y yo te responderé y te mostraré cosas grandes y ocultas que tu no conoces.
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Predicaciones /La Fe de un Apóstol
Estimados amigos, cuando parte de este mundo algún eminente cristiano, es siempre de mucho interés cual haya sido su confianza respecto de su salvación personal, y merece nuestra seria consideración el testimonio que dejara el Apóstol Pablo en el último de sus escritos. Estas fueron sus palabras: “…No me avergüenzo, porque yo sé a quien he creído, y estoy cierto que Él es poderoso para guardar mi depósito para aquel día…” En estas palabras, el gran apóstol de los gentiles, declara no tan sólo su confianza y certeza de su salvación, sino también la base de ella, que es la base única en que ha de confiar todo cristiano. El apóstol estaba preso en Roma, y sabía que el tiempo de su partida o deceso estaba cercano. Había comparecido ya una vez ante Nerón, o su representante, y había sido librado de la boca del león, pero ahora sabía que podía ser llamado cualquier día para oír la sentencia definitiva, y sabiéndolo, su fe ni faltaba. Tenía la conciencia limpia delante de Dios y delante de los hombres, pues, ninguna ofensa había cometido, ni contra las leyes del imperio, ni contra las de su propio pueblo. No se había involucrado políticamente, pues, bien sabía que el Reino de Cristo no era de este mundo. Sólo había vivido para desempeñar su misión espiritual, la de predicar el evangelio a toda criatura. Tenía la convicción de haber peleado la buena batalla y acabado la carrera, y sabía que todo eso tendría su recompensa.

Más no fue en ninguna de estas cosas que tuviese cifradas sus esperanzas, o la seguridad de su salvación, o de la vida eterna. Demasiado bien sabía que la doctrina del evangelio, que tantos años había predicado, no le autorizaba a poner las obras o méritos personales, como base de su confianza, sino únicamente la obra redentora de Cristo, y es así que redacta su testimonio en éstos términos: “…yo sé a quien he creído, y estoy cierto que Él es poderoso para guardar mi depósito para aquel día…” Poco tiempo antes, había escrito otra carta al mismo Timoteo, y en ella había expresado lo siguiente: “…Habiendo sido antes blasfemo y perseguidor e injuriador, fui recibido a misericordia; Palabra fiel y digna de ser recibida por todos, que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.

Observemos bien, que él dice ser el primero y principal de los pecadores, y atribuye su salvación al hecho de que Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los tales. Y nosotros debemos hacer lo mismo. El que reconoce que sinceramente es el principal de los pecadores, seguramente no puede confiar en sus propios méritos para obtener la salvación, pero si Cristo ha venido no para salvar a los justos sino a los pecadores, allí el hombre más indigno tiene una base segura para su fe, y allí es donde el apóstol descansaba. “Yo fui recibido a misericordia”, dice, y sabemos cuando fue eso. Fue aquel día en el camino a Damasco, cuando primero confió en Cristo, y ahora en vísperas de su muerte, su confianza es la misma: “Yo sé a quien he creído” “En Él he depositado mi fe y estoy cierto que Él es poderoso para guardar ese depósito, hasta el día final”

Sus muchos años de sacrificio y trabajos testifican a la realidad de su fe. Pero nada podía agregar a su seguridad, ni podía considerar factor, ni grande ni chico, para determinar la suerte ni el destino de su alma, pues, él mismo había enseñado constantemente que no por obras se ha de salvar el hombre, sino tan sólo por la infinita gracia de Dios y Cristo Jesús, Señor nuestro. A los Efesios había escrito: “…Por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios, no por obras para que nadie se gloríe…” A los Romanos había expresado la misma verdad en éstas palabras: “…Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por Su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús…”, y en su epístola a Tito, también lo dice muy claramente: “…No por obras de justicia que nosotros hubiésemos hecho, más por Su misericordia nos salvó…” La enseñanza del apóstol no era simplemente un dogma teológico. La salvación que él predicaba era cosa conocida por él, en experiencia propia, y ahora al fin de su vida, da testimonio a la realidad de esa salvación afirmando que está lleno de confianza, porque sabe a quien ha creído.

Para Timoteo o cualquier lector cristiano de esta epístola, no era necesario nombrar a quien se refería. El apóstol al decir “yo sé a quien he creído”, un solo Salvador había, uno sólo que había venido al mundo para salvar a los pecadores, uno sólo que merecía la fe y la confianza de ellos. En Él, dice Pablo, yo he confiado, y sé que no quedaré defraudado. Permítenos amado amigo, hacerte la pregunta ¿Cuál es la confianza tuya respecto de la salvación de tu alma? ¿Tienes paz para con Dios? ¿ Tienes la seguridad de que tus muchos pecados te han sido perdonados, y que ahora para ti no hay ninguna condenación? ¿ Puedes contemplar la posibilidad de dejar esta vida, tal vez en un futuro no muy lejano, sin espantarte ni intranquilizarte?, Y más aún, ¿Podrías dejar tus seres queridos y para todos tus amigos un testimonio como el del apóstol? Un testimonio que dijera “Yo no me confundo, porque sé a quien he creído, y estoy cierto que Él es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” Este testimonio lo puede dar todo creyente verdadero, pues, el apóstol Pablo no se salvó de una manera distinta en que todos los hombres pueden salvarse. Se salvó reconociéndose pecador, y el principal de los pecadores, y acudiendo por la fe a Cristo el Salvador, en demanda del perdón y la justificación. Comprendió el significado de la cruz de Cristo. Comprendió que el Salvador murió allí como sustituto de los pecadores, y por la fe se apropió de la salvación así provista, y tu estimado amigo, ¿Puedes hacer otro tanto, si nunca lo has hecho antes? Quiera Dios que sientas la sinceridad y la necesidad de hacerlo sin más demora.

La hora de la muerte no es el tiempo indicado para buscar el conocimiento o la certeza de la salvación. Desde el día que Pablo se convirtió a Cristo, depositando en Él su fe, y rindiéndole su voluntad y su vida, poseía esa seguridad y la posee también todo verdadero discípulo del Señor. No poseerla significaría falta de confianza en el Salvador, falta de confianza en Su palabra, falta de confianza en la eficacia y suficiencia de Su sacrificio, y lo que Pablo había predicado a otros, no podía dejar de creerlo él mismo.

Una vez un hombre había dirigido a Pablo y a su compañero Silas la pregunta: Señores ¿Qué es menester que yo haga para ser salvo? Y al instante recibió la respuesta: “…Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo…” Cuan distante es esta respuesta de la que darían muchos en el día de hoy a la misma pregunta, pero Pablo había creído, y desde el día que creyó, había experimentado la salvación. Su vida entera había sido revolucionada y sabía que el que había comenzado la obra, la terminaría. Esto era lo que enseñaba a otros que habían creído de la misma manera.

Otra cosa que podemos observar en el testimonio del apóstol, que en víspera de su muerte, no pide a Timoteo ni a nadie que rueguen por él. Durante su vida había pedido a sus hermanos que se acordaran de él en sus oraciones, en relación a sus trabajos evangelísticos, y otros asuntos, pero jamás pidió que rogasen por la salvación o el descanso de su alma. Esa petición no habría estado en armonía con el evangelio que él predicaba, pues, habría indicado alguna duda, alguna incertidumbre acerca del destino de su alma, y tal incertidumbre no existía desde el momento que las Santas Escrituras o la Palabra de Dios nos ofrecen una promesa de salvación con la sola condición que tengamos fe en el Señor Jesucristo. La parte nuestra es creer esa promesa, y desde el momento que creemos, no hay lugar para la incertidumbre.

Ahora bien, aquí van algunas de las promesas de Dios. En el evangelio de Juan capítulo 5 y versículo 24, Jesús dice: “…De cierto, de cierto os digo: El que oye a Mi Palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida…” En el libro de Los Hechos de los Apóstoles capítulo 10, el apóstol Pedro se expresa así: “…A este, Jesús, dan testimonio todos los profetas, de que todos los que en Él creyeren, recibirán perdón de pecados por Su nombre…” En la epístola a Los Romanos, el apóstol Pablo testifica: “…Que si confesares con tu boca que Jesús es tu Señor, creyendo en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo…” Y hay mucho más del mismo tenor a través del Nuevo Testamento. El significado de todo esto se aclara mucho más, cuando entendemos que el plan divino de redención, consta de estas 3 partes principales: Primero hemos de entender que el hombre, todo hombre, está tan arruinado espiritualmente, que está incapacitado para salvarse a sí mismo, y aún contribuir a su salvación. Por eso dice que somos salvos por gracia y no por obras. Segundo: Hemos de entender que la salvación fue provista perfecta y gratuitamente por Jesucristo, el Hijo de Dios, mediante su sacrificio sublime consumado en la cruz del calvario. Tercero: Hemos de saber que tan perfecta y completa es la obra hecha a nuestro favor, que lo único que queda para nosotros es aceptar con gratitud la provisión así hecha, desconfiando de todas las obras propias. Por eso se dice que somos salvos por la fe.

Entendido este plan divino, bien podemos comprender que la certeza de la salvación es nuestra desde el momento que creemos, y por eso el apóstol dice: “…No me avergüenzo, porque yo sé a quien he creído, y estoy cierto que Él es poderoso para guardar mi depósito para aquel día…” Ojalá que tú, amado amigo, puedas decir lo mismo.

Andrés Stenhouse

 

 
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