Dice Dios: Clama a mi y yo te responderé y te mostraré cosas grandes y ocultas que tu no conoces.
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Predicaciones / La Parábola del grano de trigo
Juan 12 “...había ciertos griegos entre los que habían subido a adorar en la fiesta, estos pues se acercaron a Felipe que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron diciendo: Señor, quisiéramos ver a Jesús. Felipe fue y se lo dijo a Andrés, entonces Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús. Jesús les respondió diciendo: Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado, de cierto, de cierto os digo que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere queda solo, pero si muere lleva mucho fruto. El que ama su vida la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. Si alguno me sirve, sígame, y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará. Ahora está turbada mi alma, y que diré, Padre sálvame de esta hora, mas para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado y lo glorificaré otra vez. Y la multitud que estaba allí y había oído la voz, decía que había sido un trueno, otros decían: un ángel le ha hablado. Respondió Jesús y dijo: No ha venido esta voz por causa mía, sino por causa de vosotros. Ahora es el juicio de este mundo. Ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Yo si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mi mismo, y decía esto dando a entender de que muerte iba a morir...”

Cuando nuestro Salvador nació en el establo de Belén, el oriente envió representantes a su cuna, y cuando llegó el tiempo para que El se ofreciese por nuestros pecados, el occidente envió representantes a su cruz. Era la última semana de aquella vida sin igual, y multitudes de judíos se habían reunido en Jerusalén para la celebración de la Pascua, entre ellos también se hallaba aquel puñado de griegos, hijos de la raza que después de los romanos y hebreos ha dejado la impresión mas profunda en nuestra vida moderna. Evidentemente eran prosélitos del judaísmo, pues, habían subido a Jerusalén a adorar en la fiesta. Posiblemente habían buscado y hallado cierta satisfacción en las Santas Escrituras del Antiguo Testamento, y en las fórmulas de la Ley mosaica, mas que en su propia filosofía y culto pagano. Pero lo único que puede satisfacer verdaderamente los anhelos del corazón humano, es Cristo, y así es que se presentan estos griegos con la petición: Señor, querríamos ver a Jesús. Presentaron su súplica en primer lugar a Felipe, y Felipe consultó a su amigo y compañero Andrés, y los dos juntos hablaron a su Maestro, recibiendo de El en respuesta una de las declaraciones más profundas que jamás saliera de sus labios divinos. Es como si el Señor viera en aquella petición de los griegos, un pronóstico del futuro advenimiento de una gran multitud, la cual ninguno podría contar, de toda clase de gentes, linajes, pueblos y lenguas, que le buscan para hallar en El, salvación, satisfacción y vida eterna. Y pensando en ello, pensó también en cuánto le costaría traerlos, salvarlos y retenerlos. Y abriendo sus labios comenzó a decir: “la hora viene en que el Hijo del Hombre ha de ser glorificado”. La muerte del Señor Jesús en la vergonzosa cruz del calvario, era para El, el comienzo de su glorificación. Aquella muerte nada podía añadir a su gloria intrínseca, pero sí, pudo revelar a la vista de los hombres y los ángeles, cualidades de su carácter y atributos de su ser, que de otro modo habrían quedado para siempre ocultos. Era necesario, dice la Escritura, que el Cristo padeciera para entrar en su gloria. Pero hay más, era también necesario que El muriese para proveernos salvación y atraernos a sí mismo. Las dos cosas, no solamente proveernos salvación, sino atraernos a sí mismo, para recibir los beneficios de la salvación provista, sin lo cual, todo habría sido en vano. Y a esto alude en las palabras que siguen: “De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, el sólo queda, mas si muriere, mucho fruto lleva”. Parecería que el mismo corazón de Dios anhelase compañerismo. Había en El un amor que no podía hallar expresión ni satisfacción aparte de los seres en quienes pudiera gastarse, y a favor de quienes pudiera sacrificarse. El amor, necesariamente tiene que tener su objeto. ¿Y no sería esto mismo que motivara aquella divina resolución en el día de la creación, “...hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza...”. Empero, no bastaba hacer objetos a los cuales amar. Era necesario que fuesen ligados aquellos seres al que primero les amó. Ligados con cuerdas fuertes y perdurables, era necesario que fuesen inducidos ellos a amar también, pues, el amor exige reciprocidad. Y para esto no era suficiente un acto de poder, se necesitaba todo lo que está incluido en la metáfora del grano de trigo que debía caer en tierra y morir, para llevar mucho fruto.
Dios puede dejar de estar solo, cuando no solamente ama, sino que es amado. Y solamente puede ser amado con el único amor que puede satisfacerle, cuando se le rinde todo como El primero ha dado todo. Por eso “...El dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en El cree no se pierda, mas tenga vida eterna...”. Por eso el Hijo se dio a si mismo en precio de nuestro rescate, pues, el amor divino para con nosotros, indignos pecadores, engendra el amor, la gratitud y la devoción de corazones humanos por todos los siglos. Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, el sólo queda, mas si muriere mucho fruto lleva. Que visión sería aquella que se presentó a la mente de Cristo, al saber de aquellos griegos que venían a buscarle. Era la visión de una gran multitud redimida por su sangre. Aquel fruto abundante de que El habló, eran los millones de millones de que habla el libro del Apocalipsis, los que rodean el trono del Cordero y cantan “...Digno eres porque Tu fuiste inmolado, y nos has redimido para Dios con tu sangre de todo linaje, y lengua, y pueblo, y nación...”. En la figura del grano de trigo que cae en la tierra y muere, para que pueda llevar mucho fruto, tenemos el corazón mismo del evangelio. La muerte del Salvador nos proporciona la vida, y cada creyente cristiano, es parte de aquel fruto de su muerte. Sólo su muerte podía salvarnos. Sólo su sangre preciosa derramada, podía expiar nuestras culpas, y sólo la palabra del evangelio de su gracia podía vivificarnos.

Cuan claramente se nos enseña aquí, la inutilidad de todos los esfuerzos humanos, para obtener la vida o la salvación. Sólo la muerte de nuestro sustituto, puede ser puerta de la vida para nosotros. Si el hombre pudiera salvarse, u obtener la vida eterna por medio de sus propios méritos y obras, perdería todo su valor y significado esta preciosa parábola del Señor. Era Jesús mismo el grano de trigo que debía caer en la tierra y morir para no quedar solo, pues, el hecho de que si el Salvador hubiese reuído ir a la cruz, para poner su vida por nosotros, ningún pecador de la raza de Adán se hubiese salvado jamás. Pero nuestro Salvador no permanecerá solo, tendrá compañeros durante los siglos incontables de la eternidad. Tendrá una Iglesia hecha idónea para El, como lo fue Eva para Adán, y esa Iglesia compañera idónea de Cristo, será el fruto de lo que El sembró en las horas sombrías de Su pasión en la cruz, al decir del profeta Isaías: “...del trabajo de su alma verá y será saciado...”.

Y bien, amigo, ¿puedes decir tu que tienes la seguridad de pertenecer a aquella compañía de los redimidos, a aquella multitud que es el fruto de lo que Cristo sembró en el calvario?. No te equivoques creyendo que puedas obtener la salvación o la vida eterna por medio de tus propias obras o algo que tu puedas sembrar en esta vida presente. Tal equivocación podría costarte la pérdida de tu alma, pues, la obra de salvación es obra divina, y tu no tienes parte en ella. Es Cristo mismo el Sembrador, y la cosecha será enteramente para Su gloria. Primero sembró Su propia vida, cuando se dio a sí mismo por nuestro rescate. Luego sembró, y sigue sembrando la semilla del evangelio en los corazones humanos, la Palabra que nos vivifica y regenera, la Palabra que nos comunica la virtud de Su muerte expiatoria. Y aquella multitud de los redimidos se compone de los que han sido alcanzados por la Palabra del evangelio, los que han recibido con fe el mensaje de salvación, los que han depositado su confianza en la obra redentora del Señor Jesucristo.

Todo esto representa un plan divino perfectamente ideado y perfectamente realizado, y en él no caben ni las obras, ni los méritos de los hombres. Lo necesario era que el grano de trigo cayera en la tierra y muriera para llevar mucho fruto. Si el Salvador no hubiese muerto, no habría evangelio que predicar, ni habría perdón, ni salvación que ofrecer al pecador. Y sin este mensaje, no habría manera de alcanzar y cautivar los corazones de los hombres, y ganarlos para Dios. Cristo crucificado es el mensaje poderoso que produce en nosotros la verdadera conversión, si lo creemos de corazón. Y por eso el Señor dice, al final del pasaje leído, “...y Yo si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mi mismo...”. Oh amado amigo, ¿puedes tu decir que conoces el poder de atracción que hay en la cruz de Cristo? ¿Conoces el valor de aquella muerte, de la cual dependen tus únicas esperanzas de salvación? Cuando Moisés levantó la figura de la serpiente en el desierto, en medio de los israelitas moribundos, era para que éstos la mirasen y fuesen sanados, y Jesús dijo a Nicodemo: “...que como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así era necesario que el Hijo del Hombre fuera levantado, para que todo aquel que en El creyere no se pierda, sino que tenga vida eterna...”.

¿Has mirado tu por la fe a Cristo para tener esta seguridad de la vida eterna? El mismo Salvador, cuando resucitó de entre los muertos, y antes de subir a los cielos, dejó entre las últimas instrucciones a sus discípulos, un breve bosquejo del plan de salvación en estas palabras: “...así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese y resucitase de los muertos al tercer día, y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y la remisión de pecados, en todas las naciones comenzando de Jerusalén...”. Como se ve, el plan divino consta de dos partes principales, primero, el Salvador debía padecer por nuestros pecados y resucitar al tercer día, proveyendo así una salvación perfecta, para todos los hombres, y segundo, debía predicarse en Su nombre el arrepentimiento y la remisión de pecados, como consecuencia de la obra redentora consumada. La salvación fue provista en la cruz de Cristo, y nos es ofrecida en el mensaje del evangelio, como don gratuito de Dios. Y por eso predicamos el evangelio, pues, la promesa de salvación es para todo aquel que se arrepiente y cree en el Señor Jesucristo.

Bienaventurado eres tu si esta predicación produce en ti el arrepentimiento y la fe en el Señor Jesucristo. Tuya será la remisión de pecados, tuya también la vida eterna, y confiadamente podrás incluirte en el número de aquellos de quienes habló el Salvador cuando dijo: “...si el grano de trigo muriere, mucho fruto lleva...”. Multitudes en el mundo de hoy son como la multitud aquel día en Jerusalén, se acerca la fiesta, y la van a observar conforme a la tradición, pero en medio de ellos hay algunos hombres, pocos tal vez, cuyos corazones no se satisfacen con meras observancias religiosas. El lenguaje de sus corazones es: “...querríamos ver a Jesús...”. Son ellos los que tienen una verdadera orientación espiritual, y sus esperanzas no serán defraudadas, pues, el mismo Salvador ha dicho, “...el que a mi viene, no le echo fuera...”

Andrés Stenhouse

 
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