Marcos 16: 9-16 “Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios. Yendo ella, lo hizo saber a los que habían estado con El, que estaban tristes y llorando. Ellos, cuando oyeron que vivía, y que había sido visto por ella, no lo creyeron. Pero después apareció en otra forma a dos de ellos que iban de camino, yendo al campo. Ellos fueron y lo hicieron saber a los otros; y ni aún a ellos creyeron. Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado será salvo; mas el que no creyere será condenado”
En el mensaje de hoy, como en todos los que esperamos tener el privilegio de dirigir desde esta plataforma, si Dios lo permite, será nuestro objeto presentar una sencilla y clara exposición de las verdades fundamentales del evangelio de Jesucristo. Convencidos estamos de que es éste el mayor servicio que podemos rendir a nuestros semejantes, y el único que puede brindar una verdadera satisfacción para el tiempo presente, y una esperanza segura para el porvenir.
Para la presente ocasión, hemos escogido como tema especial las palabras habladas por nuestro Señor a sus discípulos en aquel momento histórico en que se despedía de ellos para subir a los cielos. El había cumplido la obra de nuestra redención y daba ya las últimas instrucciones para el cumplimiento de aquella misión, por medio de la cual los hombres pueden conocer y disfrutar de los frutos de esa obra. “Y les dijo: Id por todo el mundo, predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado será salvo, más el que no creyere será condenado.”
Estas palabras, sencillas y a la vez solemnes son de inmensa importancia para todos nosotros. Permítanme, amigos, llamar su atención a los conceptos fundamentales que ellas encierran. Deseo hablarles de tres cosas:
1. ¿Por qué dijo Cristo que su evangelio había de predicarse a todos los hombres?
2. ¿Qué cosa es este evangelio? y
3. ¿Cuáles son los resultados de su predicación?
Y por favor no piensen en estas cosas como si se tratara de unos dogmas teológicos, o alguna teoría abstracta o algo que no se relacione con su experiencia personal. Pues, estamos hablando de hechos; hechos de gran actualidad, y que afectan íntimamente a cada uno de ustedes.
• Universalidad. “Id por todo el mundo”, dijo Jesús; “predicad el evangelio a toda criatura”. Es evidente que en la estimación del Salvador, todo el mundo y cada criatura necesita su mensaje. El evangelio no es para ciertas naciones o clases, y nada tiene que ver con las ideologías de razas o religiones. Es para todo aquel que necesite salvación, y esta necesidad es universal.
No hay nada enseñado con mayor claridad en la Santa Biblia que la depravación universal del hombre. Tomaremos una cita del Antiguo Testamento y otra del Nuevo. Según el profeta Isaías, “todos nosotros nos descarriamos como ovejas” y “cada cual se apartó por su camino”. Y en la Epístola a los Romanos capítulo 3 leemos lo siguiente: “No hay justo, ni aún uno...todos se apartaron, a una fueron hechos inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno...Porque no hay diferencia; por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la Gloria de Dios”.
Esto, por cierto, no es muy agradable, pero es la verdad, y lo mejor que podemos hacer con la verdad es encararla. No seamos cobardes. Miremos sobre el mundo y contemplemos el humillante espectáculo que presentan las naciones...Todo ello es sólo la manifestación de lo que hay en el corazón del hombre....sí, en nuestro propio corazón. Oigamos el siguiente testimonio de los propios labios del Salvador: “Del corazón (del hombre) salen los malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias”
Todo hombre en el fondo es un pecador. “Ninguno es bueno” dice Jesús, “sino sólo Dios”. No seamos como los fariseos, que procuraban justificarse a sí mismos, pues el Señor les dijo: “Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres, mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación”.
Sigamos, pues, con el profeta Isaías, que “todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia”.
Siendo, pues, el pecado universal, el remedio también ha de ser aplicado universalmente, y por eso dice Jesús: “Id por todo el mundo; predicad el evangelio a toda criatura.” Nosotros como Iglesia, estamos resueltos a cumplir con este cometido, por la gracia de Dios. Y ustedes, estimados amigos, ¿quieren reconocer que tienen necesidad de este mensaje de Cristo? Es este el primer paso en el camino de bendición.
• Pero ¿qué cosa es este evangelio? La palabra significa “buenas nuevas”, y todo lo que no sea buenas nuevas para el pecador no puede propiamente llamarse evangelio. La ley de Dios, por ejemplo, la historia sagrada, y mucho más que se encuentra en las Santas Escrituras, por importante o interesante que sea, no debe confundirse con el mensaje de salvación.
Tal vez, el mejor ejemplo de lo que es este mensaje lo tenemos en el Evangelio según Juan, cap 3, vers 16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, sino que tenga vida eterna.” Este texto tan hermoso presenta claramente, y en pocas palabras la esencia misma del evangelio.
Comienza con el amor de Dios, la fuente de toda bendición para el hombre pecador. “De tal manera amó Dios al mundo”. Entendamos esto muy bien: que la oferta de salvación que se nos hace no se basa en nuestro amor para con Dios, sino en el amor suyo para con nosotros. El evangelio no comienza con exigencias, mandamientos, o preceptos, sino que nos dice lo que Dios ha hecho en beneficio nuestro para salvarnos.
Primero nos amó. Nos amó incondicionalmente. Amó al mundo. Amó a los pecadores, a los indignos, a los ingratos, a los rebeldes. Amó, porque “Dios es amor”; y amó a todos por igual. Y a ti también, amigo, quienquiera que seas, quiero hacértelo saber: Dios te ha amado, y te ama aún.
Luego, tenemos la prueba de este amor. “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito”. El que nació de una madre virgen en el establo de Belén fue el unigénito Hijo de Dios. Pero no fue tan sólo en la encarnación que Dios dio a su Hijo. El nacimiento de Jesús, su vida perfecta, y sus enseñanzas maravillosas, nunca hubieran procurado nuestra salvación. El hizo milagros, pero ninguna obra de su poder podría librar al pecador de la condenación. Escrito está, que la paga del pecado es la muerte, y él debía morir. La cuestión de nuestro pecado es una cuestión moral. Para salvarnos, él debía sufrir la pena de la ley quebrantada. Y lo hizo: “Dios cargó en él el pecado de todos nosotros” dice el profeta Isaías. Murió como víctima inocente, y como sustituto del pecador. Murió el justo por nosotros los injustos, para llevarnos a Dios. Y fue entonces, en la cruz, cuando Dios “dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, más tenga vida eterna”.
Estas ciertamente son buenas nuevas para el pecador, y es éste el evangelio primitivo, el mensaje de salvación que alborotó al mundo. El apóstol Pablo lo llamaba “la palabra de la cruz...locura a los que se pierden; más a los que se salvan...potencia de Dios”. Pero ¡cuán pocas son las personas, en medio de la cristiandad de hoy, que se atreven a decir, o a creer, que son salvas! Cuán pocas conocen el evangelio.
• Veamos ahora la tercera y última parte de nuestro texto: “El que creyere y fuere bautizado será salvo; más el que no creyere será condenado”. Estas palabras no son ambiguas, ni difíciles de comprender. Nos ofrecen una seguridad absoluta en cuanto a nuestra salvación, si es que realmente creemos el evangelio; y por otra parte, nos traen la misma seguridad de condenación si no creemos.
Si se pregunta por qué nuestro destino eterno ha de depender de nuestra aceptación de un mensaje, la contestación es fácil. La obra consumada por nuestro Señor Jesucristo en la cruz del Calvario, la obra de expiar nuestros pecados, la obra de redención, es una obra de infinito y eterno valor; y sobre esta base única, Dios otorga al pecador un perdón amplio y perfecto. Nada puede añadir al valor de esta obra, ni nada puede restarle eficacia. Y la aceptación del mensaje del evangelio significa la aceptación de la obra de Cristo en toda su eficacia para nuestra salvación personal.
El evangelio llega hasta nosotros a manera de un indulto de parte de la Majestad divina, a quien hemos ofendido. No lo hemos merecido, ni lo podemos merecer jamás. Pero con corazones agradecidos podemos aceptarlo por medio de la fe. De no hacer esto, rechazaríamos el único medio provisto por Dios para rescatarnos de la perdición eterna.
Muchas veces en las Santas Escrituras leemos de individuos, y aún de familias enteras, que se convertían oyendo el evangelio una sola vez. En el lenguaje de la Biblia, estas personas se salvaban. Y si así se salvaban en aquel entonces, ¿no nos hemos de salvar también nosotros de la misma manera?
En cada uno de ustedes, queridos amigos, se cumplirá una parte de esta frase solemne: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo...será....salvo, más el que no creyere será condenado”.
¡Quiera Dios que haya alguno que recapacitando en esta palabra del Señor, se resuelva a no arriesgar por más tiempo su alma preciosa, y acuda por la fe a Cristo, el único Salvador, para recibir de sus manos bondadosas la salvación que El tiene el derecho de otorgar, puesto que la compró mediante el sacrificio de sí mismo y el derramamiento de su preciosa sangre en la cruz del calvario!
Andrés Stenhouse
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