Salmo 8; Salmo 94: 8-11 “…¡OH Jehová, Señor nuestro, cuan glorioso es tu nombre en toda la tierra! Has puesto tu gloria sobre los cielos; De la boca de los niños y de los que maman, fundaste la fortaleza, a causa de tus enemigos, para hacer callar al enemigo y al vengativo. Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; Todo lo pusiste debajo de sus pies: Ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar. ¡OH Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra!…” “…Entended necios del pueblo; Y vosotros, fatuos, ¿cuándo seréis sabios? El que hizo el oído, ¿no oirá? El que formó el ojo, ¿no verá? El que castiga a las naciones, ¿no reprenderá? ¿No sabrá el que enseña al hombre la ciencia? Jehová conoce los pensamientos de los hombres, que son vanidad…”
Estimados amigos, deseamos hablaros de la existencia de Dios, un Dios personal e inteligente, quien es el Creador de todas las cosas, un Dios que se ha dado a conocer a los hombres. Una de las pruebas más irrefutables de la existencia del Creador, es la del diseño y propósito que se pueden observar en toda la naturaleza que nos rodea. Es obvio que un plan o diseño inteligente, tiene que tener una fuente y origen fuera de sí, tiene que tener un Autor. Una obra de arte hermosa, unida en la variedad, requiere un artista. Un edificio que podamos admirar, como una maravilla de perfección estructural, acusa la existencia de un arquitecto y un constructor. Una máquina o instrumento científico, que funciona con precisión meticulosa nos dice que existe un inventor, un ingeniero o técnico con inteligencia y pericia. Y el mismo argumento se puede emplear hablando de las cosas que ha hecho Dios. Tomemos por ejemplo el cuerpo humano. Hay alrededor de 5 mil millones de seres humanos en el mundo, y cada uno de ellos, incluidos tú y yo, es un milagro de diseño y construcción.
Tu ojo, por ejemplo, es una máquina fotográfica infinitamente más perfecta que cualquiera inventada o fabricada por el hombre. Esta “máquina” provista de lente, iris automático que se acomoda a las variaciones de luz y sombra, retina con más de 17 millones de conos y bastoncitos, auto lubricado, con enfoque automático y nervio óptico para transmitir la imagen instantáneamente al cerebro, nos obliga a preguntarnos ¿Quién ideó y construyó este órgano tan delicado y perfecto, que nos rinde tan indispensable servicio? El oído es también otra maravilla de diseño y construcción, permitiéndonos oír los sonidos más débiles y los truenos más potentes sin que tengamos que hacer concientemente ningún cambio de control. Tiene el oído interno más de 24.000 fibras o cuerdas capaces de captar vibraciones de entre 20 y 20.000 por segundo. ¿Quién ideó e inventó este maravilloso mecanismo? El corazón, que podemos llamarlo la sala de máquinas del cuerpo humano, sigue bombeando continuamente a razón de 100.000 veces por día la sangre a todas partes del cuerpo, estando nosotros despiertos o dormidos, reponiendo así el desgaste continuo mediante el suministro del vital oxígeno absorbido por los pulmones, y otra vez estamos obligados a preguntar: ¿Quién, pero quién ideó y creó este muy complicado sistema hidráulico? El estómago junto al páncreas y el hígado, es el más maravilloso laboratorio que se conoce. Aquí operan todos los procesos químicos necesarios para preparar los alimentos ingeridos, de modo que puedan ser asimilados para la nutrición de nuestro organismo, y en el tracto digestivo se hace la selección y absorción de todo lo provechoso, mientras que lo inútil y dañino es rechazado. Pero ¿Quién fue que ideó y diseñó este maravilloso laboratorio químico? Por cierto que no fue el hombre mismo, y ¿Qué diremos de otros órganos y de todo el sistema de defensa que tiene el cuerpo para evitar y contrarrestar la infección y la enfermedad? ¿Qué diremos de la lengua, tan perfectamente adaptada como órgano del habla, del gusto y de la deglución? ¿O de las cuerdas vocales capaces de producir 17.5 trillones de variaciones de sonidos, no tan sólo para capacitarnos para hablar, sino para cantar las alabanzas del Dios Creador? ¿Quién ideó y creó este maravilloso instrumento musical que es la voz humana?
El tiempo nos faltaría para hablar de la maravilla del cerebro humano. ¿Qué máquina computadora creada por los hombres puede compararse con esta computadora de invención divina? Sus 900 millones de células que generan misteriosamente la energía o corriente que se transmite a través de toda la vasta red nerviosa de comunicaciones, controlando todos los miembros y órganos haciéndolos funcionar eficazmente. ¿Cuál fue la mente que ideó semejante sistema? Pero ¿Qué cosa es el cerebro en sí? ¿Una masa de materia gris? ¿Acaso la materia gris piensa, discurre, raciocina, recuerda y toma decisiones? ¿Quién ha comenzado siquiera a entender estos procesos? El famoso inventor Edison dijo: No entendemos ni la millonésima parte del 1% de nada, pues, toda la naturaleza revela la operación de una inteligencia infinita que desafía la comprensión humana.
Pero esto sí debemos entender, que nuestro maravilloso organismo humano, sin hablar de otras incontables maravillas de la naturaleza, es de fabricación Divina, y tan perfecta es en todas sus partes, que acusa la existencia de un creador infinitamente perfecto en su inteligencia y en su poder. Ese creador que todo lo ideó, y todo lo creó, y todo lo sostiene, es Dios. Él es dueño de todos los procesos del universo, y todo lo ha hecho conforme a su propio plan y diseño, y tal Dios es necesariamente un Dios personal e inteligente, infinitamente más inteligente que cualquiera de sus criaturas e infinitamente más poderoso.
Y tú, amado amigo, tienes que ver con este Dios. Eres criatura de su mano y Él es autor de tu ser, creador no solamente de tu organismo físico, sino de tu inteligencia y todas las maravillosas facultades que te distinguen como un ser humano, y todo esto te constituye una criatura responsable. Cuando Dios hizo al hombre, no hizo una máquina o un animal, lo hizo a su imagen y conforme a su semejanza, lo hizo espíritu y alma y cuerpo. Lo hizo capaz de pensar y razonar, lo hizo con una facultad moral, con una capacidad para distinguir entre el bien y el mal, lo hizo con facultades espirituales, capaz de conocer y amar y servir a su Creador, capaz de elevarse en espíritu más allá de las estrellas, y adorar a aquel que es el Padre de los espíritus. Pero cuando el hombre se dedica a analizar su propio ser físico, moral y espiritual, pronto descubre que todo no está bien, todo no es normal. Llega a comprender que en medio de todo lo maravilloso de su existencia hay algo muy feo y repugnante, y ese algo es el pecado. Llega a comprender que lejos de ser un ser perfecto, es un ser caído, con una disposición tal, que lo inclina hacia el mal y lo lleva a ser egoísta, orgulloso y voluntarioso, rebelde a la voluntad de Dios. El hombre natural o inconverso no está en relaciones armoniosas con Dios, su Creador, y pronto descubre que ha quebrantado sus leyes y le ha ofendido de mil maneras.
De allí que la Biblia no sólo nos habla de Dios, el Creador, sino que nos revela también su gran plan de redención. El hombre ha hecho uso de sus maravillosos poderes, las facultades que Dios le dio, no sólo para desobedecerle y ofenderle, sino aún para negar su existencia, y con todo, Dios no le ha borrado de la faz de la tierra, sino que ha tenido respeto a la obra de sus manos, y ha ideado y provisto la manera de recuperarlo y regenerarlo espiritualmente. No puede Dios cerrar los ojos al hecho solemne de que el hombre es pecador y culpable, y no conviene que nosotros cerremos los ojos a este mismo hecho. Conviene más bien que nos preguntemos de qué manera podemos ser salvados de la triste situación en que nos encontramos, de qué manera podemos ser librados de nuestras malas propensidades y reconciliados con Dios. Las distintas religiones no nos dan la respuesta. Sólo Dios que nos creó y que conoce la naturaleza de nuestro mal, pudo idear y proveer el remedio. Ese remedio es el gran tema del Evangelio de Cristo, el mensaje más glorioso que jamás ha caído sobre el oído del hombre.
Declaró Jesús al comienzo de su ministerio, que tal era la condición del hombre, que necesitaba nacer otra vez. El maestro Nicodemo, a quien el Señor hizo este anuncio, no podía entender cómo eso podía ser, más Jesús insistió diciendo: “…No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer otra vez…” Y le explicó que se trataba de un nacimiento espiritual, el comienzo de una vida nueva. Continuando su explicación, el Salvador dijo que el Hijo del Hombre había de ser levantado, esto es, levantado en la cruz, para que todo aquel que en Él creyese, no se perdiera, sino que tuviera vida eterna. Es éste el remedio por Dios provisto. El Hijo del Hombre levantado en una cruz para expiar nuestra maldad y para venir a ser el objeto de fe de los creyentes cristianos. Lo dice también el Señor en estas palabras: “…De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, más tenga vida eterna…”
Es éste el mensaje glorioso del Evangelio, el mensaje de salvación para la humanidad perdida, y es un mensaje digno de Dios. Nos dice que el Hijo de Dios vino al mundo, tomando nuestra condición humana, para poder morir ¿Y por qué morir? Porque la paga del pecado es muerte, y el Salvador murió. Él, que nunca había pecado ni pudo pecar, por expiar y anular y destruir los pecados nuestros, y así librarnos de eterna condenación. Semejante plan de salvación sólo pudo emanar de la mente y el corazón de Dios. Sólo Él entendía el problema y sólo Él podía proveer el remedio. Los hombres en su audacia y en su ignorancia han inventado muchas religiones y muchos supuestos caminos de salvación, pero lo único que vale es la revelación del amor de Dios en Cristo Jesús, nuestro Señor, amor que proveyó una perfecta y completa satisfacción para Dios en el sacrificio de su Hijo amado, y una perfecta y completa salvación para el hombre pecador que deposita su fe en Cristo. Es evidente que la obra de redención le ha costado a Dios mucho más que su obra original de creación, pero una lección importante debemos aprender, que si éramos capaces de crearnos a nosotros mismos, tampoco somos capaces de redimirnos. Pero Dios en indecible amor ha provisto para todos una salvación gratuita y eterna, mediante la fe en su Hijo amado.
Y tú, amado amigo, ¿Has experimentado esa salvación creyendo de corazón en el Hijo de Dios? Sólo así podrás vivir en armonía con el plan de Dios, el Dios Creador y Redentor.
Andrés Stenhouse
|